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Retrato de un hombre joven con patillas y bigote, vestido con uniforme militar decorado y fondo marrón
OPINIÓN

25 de noviembre de 1885: cuando España quedó huérfana y comenzó a caminar hacia el abismo

Alfonso XII representaba la estabilidad posible dentro de una España que llevaba medio siglo sin respirar en paz

Hay fechas que marcan a un país de manera indeleble, y el 25 de noviembre de 1885 es una de ellas. Aquel día moría Alfonso XII, un monarca joven, popular, respetado y, sobre todo, consciente de la delicada misión que tenía entre manos: reconstruir una España devastada por las guerras civiles del siglo XIX, por el cantonalismo, por el absolutismo y por la deriva revolucionaria que siempre alimentaron los mismos —los de siempre— los que luego provocarían la guerra del 36.

Alfonso XII representaba la estabilidad posible dentro de una España que llevaba medio siglo sin respirar en paz. Su reinado fue breve pero crucial. Y sin embargo, la historia —siempre movida por intereses políticos— lo ha relegado a un segundo plano. Su muerte dejó un vacío inmediato, un vértigo nacional.

María Cristina: la regente que jura fidelidad al heredero que aún no ha nacido y a la Constitución

La escena es conocida: la joven y digna María Cristina de Habsburgo-Lorena, viuda embarazada, presta juramento de fidelidad al futuro monarca, que todavía no ha visto la luz, y a la Constitución. Lo hace un 27 de noviembre, dos días después de la muerte de su esposo. España entera se aferra a ese gesto para evitar el caos. Es un momento solemne y dramático, que demuestra el sentido institucional que entonces todavía sobrevivía en España: fidelidad a la Corona y al porvenir del país.

Porque en aquel juramento no solo había protocolo; había esperanza.

Pocos meses después nacería Alfonso XIII, el rey que abriría los ojos al mundo ya coronado, en una España que se movía entre el recelo, la incertidumbre y una falsa estabilidad sostenida con alfileres.

La Restauración: liberales y conservadores turnándose, mientras el país se desangraba

Tras la muerte de Alfonso XII y bajo la regencia de María Cristina, se consolidó el sistema de la Restauración canovista, un invento político necesario para frenar otro pronunciamiento militar o un nuevo estallido revolucionario. Cánovas y Sagasta se alternaron en el poder en un pacto tácito que buscaba ahorrar guerras, pero que también evitó reformas profundas. Un sistema útil durante años, pero incapaz de afrontar los desafíos que se avecinaban.

Esa alternancia pactada estabilizó superficialmente a España, sí, pero dejó intactos los problemas de fondo: la desigualdad territorial, la debilidad industrial, el atraso educativo, el independentismo incipiente y, cómo no, la sempiterna presencia corrosiva del socialismo revolucionario, que ya empezaba a asomar con su odio y con su sectarismo.

Mientras liberales y conservadores se turnaban, España caminaba sin remedio hacia uno de sus mayores desastres.

El Desastre del 98: cuando España pagó las consecuencias de décadas de improvisación

El reinado de Alfonso XIII coincidió con el derrumbe final de un imperio que llevaba generaciones perdiendo altura. El 98 no fue una sorpresa: fue la crónica anunciada de un país que no quiso defender sus intereses, de una clase política acomplejada y de una nación desmoralizada.

Perdimos Cuba, Puerto Rico y Filipinas, no solo por la superioridad militar estadounidense, sino porque nuestros gobernantes habían renunciado antes a modernizar el Estado, a reforzar la Armada y a proyectar la autoridad de España.

El joven Alfonso XIII asumió un país herido, acomplejado y sin rumbo. Y aun así, lo intentó.

La última defensa del orden: la dictadura de Primo de Rivera

A medida que avanzaba el siglo XX, España entraba en una espiral que recordaba demasiado al convulso XIX: terrorismo anarquista, pistolerismo, huelgas revolucionarias, atentados, separatismos y un Parlamento bloqueado por intereses partidistas. La situación era insostenible.

Y entonces llegó Miguel Primo de Rivera, con la intención —honesta y desesperada— de salvar a España de una guerra civil. Su dictadura fue un último intento de poner orden, de modernizar infraestructuras, de pacificar Cataluña, de frenar el separatismo y de apartar al PSOE y a los revolucionarios de su sempiterna vocación destructiva. Tanto es así, que los incorporó al nuevo estado. Todo fue en vano. En el PSOE nunca se puede confiar.

Pero aquel esfuerzo, aunque tuvo logros, llegó demasiado tarde.

1931: la República que nació falseada y murió en sangre

La caída de Primo de Rivera abrió la puerta a una monarquía debilitada y acosada por una campaña de desprestigio similar a las que hoy usa la izquierda con cualquiera que no se pliegue a su relato. Alfonso XIII se equivocó, y se equivocó gravemente abandonado al General Primo de Rivera  La llegada de la II República, fruto de unas elecciones municipales falsamente interpretadas como plebiscitarias, no trajo la modernidad ni la democracia: trajo el sectarismo, la quema de iglesias, la violencia política, y al PSOE en su máxima expresión revolucionaria.

El PSOE —sí, el mismo de hoy, con los mismos complejos, odios y tics totalitarios— fue el gran agitador de la quiebra republicana. Ellos provocaron la intentona golpista del 34, ellos dinamitaron la convivencia y ellos prepararon el terreno para el fraude electoral de febrero de 1936, donde se gestó el clima que acabaría estallando en la guerra civil.

Porque no fue un rayo caído del cielo: fue un proceso. Un proceso que empezó en 1885, que continuó con la Restauración, que desembocó en el 98, que intentó corregirse con Primo de Rivera, y que acabó en el desastre absoluto de 1936.

Una lección para el presente

España lleva demasiadas veces girando alrededor de los mismos errores. Los mismos que hoy vuelven a repetirse: una clase política mediocre, un socialismo irresponsable, un separatismo impune y un Estado que no se respeta a sí mismo.

Aquellos que miran al pasado con desprecio deberían aprender que la historia no se repite, pero rima.

Y hoy, desgraciadamente, rima demasiado.

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