Orgullosos de lo que hicimos. Orgullosos de nuestro pasado. Orgullosos de la Hispanidad.
Una vez más, el Gobierno de España vuelve a inclinar la cabeza, a pedir perdón por lo que jamás debió ser motivo de vergüenza: la gesta más extraordinaria de la historia universal, la hazaña que dio nacimiento a una civilización nueva, la que unió dos mundos bajo una misma lengua, una misma fe y un mismo espíritu.
El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, ha vuelto a humillar a España. En México, ante la presidente Claudia Sheinbaum —heredera ideológica del indigenismo más rancio y del resentimiento histórico que promueven los enemigos de la Hispanidad—, el ministro pidió perdón por la conquista, por Hernán Cortés, por nuestra obra civilizadora.
Y frente a esa vergüenza, solo cabe decir una cosa: no en mi nombre.
Ni los españoles ni los mexicanos de bien nos sentimos representados por un gobierno que reniega de su historia.
No en mi nombre se pide perdón por haber llevado la cruz, la lengua, el derecho, la educación y la civilización donde antes reinaban el sacrificio humano, el canibalismo ritual y la tiranía de un imperio que oprimía a todos los pueblos de su entorno.
Hernán Cortés no fue un invasor: fue un libertador.
Los tlaxcaltecas, los totonacas, los zapotecas y decenas de pueblos indígenas se unieron a los españoles para acabar con la dictadura genocida de los mexicas. Esos mismos mexicas que arrancaban el corazón a sus víctimas y devoraban su carne en honor a sus dioses.
Esa es la verdad histórica. Y es una verdad que ni los indigenistas modernos ni los progres de despacho pueden borrar.
España no conquistó, España civilizó.
España no destruyó, España fundó naciones.
España no esclavizó, España evangelizó, educó y creó cultura.
De aquel encuentro entre dos mundos surgió algo único: una comunidad de pueblos hermanos, una civilización hispánica que hoy se extiende desde el Río Bravo hasta la Patagonia, y que comparte una lengua, una fe y una historia común. Sin Hernán Cortés, no existiría México. Sin España, no existiría América tal y como la conocemos.
Por eso resulta intolerable que un ministro del Reino de España, en pleno siglo XXI, actúe como portavoz del indigenismo antioccidental, de la leyenda negra inventada por nuestros enemigos, y pida perdón a quienes deberían agradecernos haber puesto fin a la barbarie.







