Nací sin paladar. Y lo digo sin pudor, sin dramatismo y sin complejos. Tras tres operaciones y más de doce años de logopeda, llegó el día en que por fin comenzaron a entenderme al hablar, bueno, más o menos… Vengo llorado de casa, como se decía antes, y jamás he tenido ningún complejo por ello. He vivido con ello, he crecido con ello, y me he hecho hombre con ello, y sobre todo he sido muy feliz con ello. Si ahora mismo volviera a nacer, pediría que fuera sin paladar. No me pierdo la gran mayoría de vivencias que eso me dió.
Recuerdo todavía que hubo un tiempo en que los humoristas de moda, como Beatriz Carvajal, dejaron de hacer chistes de gangosos. Me parecía bien. Nunca me hicieron gracia aquellos chistes porque, más allá de la broma, hubo niños que no soportaron la crueldad y llegaron incluso a quitarse la vida. Yo jamás tuve ese problema. Quizá porque crecí en lo que hoy, pomposamente, llamarían “un barrio conflictivo”. Allí, cuando algún chaval se pasaba de listo, bastaba un guantazo infantil con la mano abierta para que las tonterías se acabaran. Y punto. Ni psicólogos, ni protocolos, ni discursos vacíos de inclusión: la vida te curtía a golpes y uno aprendía a defenderse.
Y, a pesar de todo, tuve una infancia feliz. Muy feliz. Por eso nunca tuve un solo complejo.
Escribo estas líneas porque me produce una mezcla de risa y de lástima escuchar a esa izquierda que presume de ser adalid de la inclusión, de la igualdad y de todas esas mamarrachadas grandilocuentes. Son palabras vacías, huecas, sin alma. Los mismos que cambian términos en la Constitución para no parecer ofensivos son los que, en cuanto no piensas como ellos, no lo pueden evitar: te llaman gangoso, te insultan, te pretenden ofender. Y lo hacen con una maldad que retrata su mediocridad.
Yo no siento odio. Siento pena. Porque lo suyo no es valentía ni ideología: es miseria moral. Son pequeños orangutanes, sin argumentos ni formación, que confunden el insulto con el pensamiento.







