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Portadas en blanco y negro del periódico El País con titulares sobre política y terrorismo en España y varias fotografías de actualidad en la parte central de cada primera página
OPINIÓN

El País: 50 años de propaganda al servicio del poder

Se cumplen cincuenta años de la fundación de El País

Un periódico que durante décadas presumió de ser “el diario independiente de la mañana” cuando, en realidad, nunca fue independiente de nada salvo del poder al que servía. Más aún: fue —y sigue siendo— el periódico independiente de la verdad.

El aniversario llega en un momento de irrelevancia informativa, pérdida de lectores, desplome moral y descrédito social. Lejos queda aquella imagen de cabecera influyente. Hoy El País no marca agenda: la obedece. No informa: editorializa. No analiza: adoctrina.

Un periódico nacido para pilotar la Transición

El País no surge de manera espontánea ni como resultado de una demanda social libre. Nace para cumplir una función política muy concreta tras la muerte de Francisco Franco: dar voz a la llamada oposición y pilotar el relato de la Transición.

Conviene no olvidarlo: gran parte de quienes impulsaron esa Transición procedían del propio régimen anterior. Exministros, altos cargos y burócratas franquistas reconvertidos en demócratas de la noche a la mañana. Entre ellos, el oscuro y siempre protegido Rodolfo Martín Villa, un personaje que jamás se bajó del coche oficial y que pasó del SEU al nuevo sistema sin rendir cuentas.

No es un detalle menor recordar que Manuel Fraga, fundador de Alianza Popular —germen del actual Partido Popular— aportó hasta 300.000 pesetas de la época para la fundación de El País. ¿Por qué? Porque el proyecto respondía a un interés compartido: crear un gran medio “progresista” que ordenase ideológicamente el nuevo régimen.

Del antifranquismo impostado al felipismo militante

Aunque se vendió como periódico de la oposición, El País estuvo plagado de antiguos franquistas desde el primer momento. Lo verdaderamente decisivo llegó a partir de 1977, cuando el diario se pone de manera inequívoca al servicio del PSOE y, en particular, de Felipe González.

Desde entonces, El País ya no fue un medio: fue una oficina política con tipografía moderna. Impuso presidentes, señaló adversarios, legitimó escándalos y silenció corrupciones. Gobernó en la sombra sin someterse a las urnas.

PRISA: comunicar no es un negocio, es poder

La entrada definitiva en PRISA, consolidó el proyecto como aparato de influencia masiva. Bajo la batuta de Jesús de Polanco, la comunicación se entendió como negocio. Pero no cualquier negocio: el negocio de moldear conciencias.

Porque comunicar no es solo vender periódicos: es imponer marcos mentales, decidir qué existe y qué no, qué escándalo merece portada y cuál se entierra, qué adversario es demonizado y qué aliado es blanqueado. A eso se ha dedicado El País desde su nacimiento: manipular, señalar y mentir con apariencia de autoridad moral.

De periódico de referencia a panfleto del régimen

Durante décadas, El País funcionó como brazo mediático del poder socialista y, más tarde, como sostén del consenso globalista. Ha sido cómplice de la corrupción, el blanqueamiento del terrorismo, la ingeniería social, la censura y la persecución del disidente.

Hoy ya ni siquiera guarda las formas: insulta al discrepante, desprecia a la España real y actúa como boletín oficial del sanchismo.

La traición del PP a los medios honestos

Y aquí conviene señalar otra hipocresía: cuando el Partido Popular ha tenido la oportunidad de salvar medios honestos y libres, ha mirado hacia otro lado. Prefirió sostener a El País antes que apoyar proyectos como Intereconomía, que representaban una alternativa real al pensamiento único.

El mensaje fue claro: más vale llevarse bien con el poder mediático dominante que defender la pluralidad informativa. Así se explica que El País haya sobrevivido a base de favores políticos, publicidad institucional y rescates encubiertos, mientras otros medios críticos eran asfixiados.

Cincuenta años después

A los cincuenta años de su fundación, El País no celebra nada. Conmemora medio siglo de manipulación, arrogancia y desprecio a la verdad. Nunca fue el periódico independiente de la mañana. Fue —y es— el periódico del poder, al servicio del PSOE, del consenso globalista y de una élite que teme a la libertad de información.

La decadencia de El País no es una tragedia: es una buena noticia. Significa que, pese a todo, la sociedad empieza a desconfiar de los panfletos disfrazados de periodismo. Y eso, en una España intoxicada durante décadas, no es poco.

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