El 27 de octubre de 2017, el Parlamento de Cataluña proclamó de forma unilateral la independencia. Aquel día, en pleno siglo XXI, el Estado español sufrió el mayor desafío a su autoridad desde la guerra civil española y la intentona golpista socialista del 34. Lo del 23 F, hoy sabemos que fue otra cosa, donde por cierto, también estaban involucrados el Palacio de La Zarzuela y el PSOE. Fue un golpe de Estado, perpetrado a la luz del día, retransmitido en directo y alentado por un nacionalismo que llevaba décadas siendo financiado, tolerado y legitimado por los mismos gobiernos que hoy se rasgan las vestiduras.
Lo que se vivió aquel 27 de octubre fue una butifarrada política disfrazada de heroísmo. Una pantomima de república montada por cobardes, pero con una gravedad que aún hoy seguimos pagando. Los separatistas desobedecieron al Tribunal Constitucional, violaron la ley y pisotearon la soberanía nacional. Pero la verdadera tragedia no fue lo que hicieron ellos, sino lo que no hizo el Estado: responder con la firmeza que la situación exigía.
El Gobierno de Mariano Rajoy, con todo el poder constitucional en su mano, aplicó un artículo 155 descafeinado, cobarde y estéril. En lugar de recuperar el control político, judicial y administrativo de Cataluña, se limitó a convocar elecciones. Ni una sola medida para desmantelar las estructuras de poder del separatismo, ni una sola actuación para depurar responsabilidades. En pocas semanas, el golpe estaba olvidado y los golpistas, preparados para volver a presentarse a las urnas con total impunidad.
El resultado fue un Estado humillado y un separatismo reforzado. Los mismos que proclamaron la independencia se vieron legitimados por una respuesta débil y por un Gobierno que solo pensaba en salir del paso. Rajoy, Soraya Sáenz de Santamaría y el Partido Popular pasaron a la historia como los enterradores del Estado de Derecho. No defendieron la Constitución: la vaciaron de contenido, si es que no lo estaba ya de antes.
La consecuencia está a la vista: ocho años después, España es más débil y el separatismo más fuerte. Los golpistas fueron indultados, los prófugos son hoy socios del Gobierno, y el Estado, en lugar de hacer justicia, negocia su propia humillación. Pedro Sánchez, heredero directo de aquella cobardía, ha ido más lejos: no solo ha perdonado a los que atacaron la unidad nacional, sino que ha pactado con ellos su permanencia en el poder.
Hoy, quienes dieron un golpe de Estado dictan desde Bruselas los presupuestos, las leyes y las condiciones de investidura. Puigdemont, huido de la justicia, se pasea por Europa como si fuera un jefe de Estado. Junqueras, condenado por sedición, da lecciones de democracia. Y el presidente del Gobierno de España actúa como su delegado político. Lo que no consiguió el separatismo por la fuerza, lo ha logrado gracias a la rendición moral y política del sanchismo.







