El 23 de octubre de 1940, en la estación ferroviaria de Hendaya, tuvo lugar una de las reuniones diplomáticas más decisivas de la historia contemporánea de España. Aquel encuentro entre Francisco Franco y Adolf Hitler ha sido objeto de toneladas de falsedades, mitos interesados y propaganda. Pero lo cierto es que aquel día, Franco no solo mantuvo la dignidad de España ante el poder militar más temido del momento: evitó que nuestro país fuera arrastrado a la Segunda Guerra Mundial.
Mientras Europa ardía, mientras Francia había sido invadida y los ejércitos nazis parecían invencibles, Franco jugó la partida más arriesgada de su vida con la inteligencia de un estadista y el coraje de un patriota. No se trataba de simpatías ideológicas, sino de estrategia, cálculo y soberanía. España acababa de salir de una guerra civil devastadora, con su economía arruinada, su población exhausta y su infraestructura destruida. En esas condiciones, solo un loco —o un traidor— habría metido al país en otra guerra. Y Franco no era ni una cosa ni la otra.
En Hendaya, Hitler pretendía arrastrar a España a la contienda. Quería que Franco le permitiera atravesar el territorio español para invadir Gibraltar y cerrar el Mediterráneo. A cambio, ofrecía territorios coloniales en África, promesas vagas y la ilusión de una victoria compartida. Pero Franco sabía perfectamente que aquello era un suicidio. Sabía que España no podía sostener otra guerra, y sabía también que el equilibrio mundial cambiaría tarde o temprano.
Franco pidió lo imposible: armas, petróleo, trigo, y la cesión de Marruecos y Argelia. Lo hizo a sabiendas de que Alemania no podía concedérselo. Fue su forma elegante de decir “no” sin decirlo abiertamente. Y lo logró: España no entró en la guerra, mantuvo su soberanía y conservó su independencia. Hitler, irritado, confesó después que prefería que le sacaran tres o cuatro muelas antes que volver a hablar con Franco. Una frase que retrata al Caudillo mejor que cualquier panegírico: un hombre que supo enfrentarse al que por aquel entonces era el hombre más poderoso de Europa y salir ileso.
Sin embargo, los historiadores de despacho, los revisionistas de tertulia y los “expertos” de manual financiados por el Estado, han repetido una y otra vez la mentira: que España no entró en la guerra porque Alemania no quiso. Una afirmación tan absurda que insulta la inteligencia de cualquiera que conozca los hechos. Si Franco fue “tonto”, como repiten los pseudointelectuales, entonces habría que concluir que ese “tonto” les ganó una guerra a los “listos”, reconstruyó un país destrozado y gobernó durante cuarenta años con estabilidad, crecimiento y paz. Difícil tarea para un ignorante.
Franco no fue un improvisado, fue un pragmático en política internacional. Supo navegar entre gigantes sin vender a España. Mantuvo relaciones diplomáticas con todos, se acercó a unos sin romper con otros, y siempre colocó los intereses nacionales por encima de los personales o ideológicos. Esa es la gran diferencia entre la diplomacia de Franco y la sumisión de los gobiernos actuales. Franco defendía la soberanía; los de hoy la subastan.







