El Miño no duerme, solo disimula. En sus aguas se refleja una luna que parece la tapa oxidada de una vieja cafetera. Esa noche yo esperaba a un hombre junto al puente romano. Me había citado sin firma, con una nota escrita a máquina:
“Proyecto Úrsula. Medianoche. No vengas solo.”
Llegué con el abrigo empapado y una pistola que no sabía usar. El viento del río arrastraba los restos de una niebla que olía a metal. En la otra orilla, el Inspector Souto se encendía un cigarrillo bajo la farola.
—Pensé que no vendrías, Rivela —dijo, sin levantar la vista—.
—Vine porque me gustan las historias imposibles.
—Entonces esta te encantará.
El inspector me entregó una carpeta. Dentro, unas fotos en blanco y negro: Cerdán en el Palace, Ábalos en un garaje, Koldo entrando en un club de carretera con un maletín. En la esquina de cada imagen, una palabra manuscrita: Úrsula.

—Un código interno. Así llamaban a las transferencias desde Bruselas.
—¿Y la alemana, von der Leyen?
—No tiene nada que ver. Pero su nombre daba clase al expediente.
El viento hizo volar una de las fotos. Cayó al agua y se perdió corriente abajo, hacia Portugal.
—No importa —dijo el inspector—. Lo esencial ya no está en los papeles. Está en los cuerpos.
Esa frase se me quedó clavada como una astilla.
Caminamos por la ribera hasta un viejo almacén. Dentro, bajo una bombilla temblorosa, había una mesa con botellas vacías y un mapa de España lleno de alfileres. Cada punto rojo correspondía a una obra pública, un contrato, un viaje en avión.
—Esto —me explicó Souto— es el esqueleto del país. Un puzzle armado con comisiones, dietas y favores.
—¿Y quién mueve las piezas?
—El mismo que lleva las gafas de Dior y dice que no recuerda nada.
Encendí un cigarrillo. El humo subía lento, como si no quisiera manchar más el aire.
—¿Y qué hacemos? —pregunté.
—Esperar a que caiga. Pero no por justicia. Por aburrimiento.








