Entonces el inspector se giró hacia mí. Tenía la cara marcada por la humedad, los ojos cansados, la voz sin fe.
—No lo publiques aún, Rivela. Te romperían el alma antes de llegar al titular.
—No lo publicaré —dije—. Lo escribiré como quien sueña: con nombres verdaderos y gestos inventados.
—Eso es más peligroso.
—También más justo.
Fuera, la lluvia arreciaba.
Y mientras caminábamos hacia el coche, un perro blanco nos siguió hasta el aparcamiento. Tenía la mirada limpia, como si no entendiera de pactos ni de sobres. Me recordó a Mía, a Dana, a Mío —mis constelaciones de amor y silencio—, y pensé que solo los animales saben mantenerse inocentes entre los hombres.
El inspector encendió la radio. Una voz informaba del nuevo comunicado del Gobierno.
“España avanza hacia la transparencia”, decía el locutor.
Souto soltó una carcajada amarga.
—Transparente, sí —dijo—. Como el agua del Miño después de un vertido.
De regreso a casa, abrí mi libreta y escribí bajo la lluvia, con letra temblorosa:
> “Úrsula era solo un nombre.
Pero bajo ese nombre dormía un país entero,
anestesiado por el ruido,
vestido de dignidad prestada.
Y en cada despacho aún brilla la lámpara
de un poder que finge no recordar.”
Al cerrar la libreta, oí detrás de mí un motor que se apagaba. Dos sombras bajaron de un coche sin luces. Una de ellas me llamó por mi nombre.
—Señor Rivela... el inspector quiere verle.
—¿Qué inspector?
—El de arriba.
—¿Madrid?
—No. Más arriba.
Y comprendí, con un escalofrío, que el caso Úrsula ya no era solo una trama de sobres y silencios. Era un espejo. Y en él estábamos todos.