El auténtico triunfo político es otro mucho más sofisticado: educar a la sociedad para que deje de exigir la verdad. No discutirla, no contrastarla, no reclamarla. Simplemente asumir que no corresponde pedirla.
Ese es el punto exacto en el que nos encontramos hoy España. No vivimos bajo un sistema donde el ciudadano sea sistemáticamente engañado, sino bajo uno donde el ciudadano ha sido domesticado para asumir, aceptar y no preguntar. El engaño puntual genera reacción; la renuncia a la verdad genera obediencia estable. Cuando la verdad deja de ser un derecho exigible y pasa a ser un estorbo, el poder ya no necesita explicarse.
Ese cambio cultural no ocurre por accidente. Es el resultado de años de relato, de pedagogía ideológica y de castigo social al que disiente. Y sus consecuencias empiezan a ser visibles en todos los ámbitos relevantes del país.
En la última semana España ha sufrido varios descarrilamientos ferroviarios, con fatídicas consecuencias, interrupciones graves del servicio, colapsos logísticos y situaciones que han afectado directamente a miles de personas. No hablamos de anécdotas técnicas, sino de un sistema ferroviario que muestra fallos reiterados en un país que presume de modernidad e infraestructuras ejemplares. Y de regalar dinero a otros países para sus trenes.
Lo verdaderamente grave no es solo lo ocurrido, sino la reacción posterior. No ha habido una exigencia social contundente de responsabilidades políticas. No ha habido dimisiones. No ha habido una asunción de errores de gestión. Se ha hablado de “incidencias”, de “circunstancias”, de “eventualidades técnicas”. El lenguaje administrativo ha vuelto a cumplir su función: diluir la responsabilidad hasta hacerla desaparecer.
Y, sin embargo, detrás de esos trenes hay decisiones políticas, nombramientos de amiguitas, presupuestos turbios, prioridades y personas concretas. ADIF no es una entidad metafísica. El Ministerio de Transportes no funciona por generación espontánea. Cada fallo grave es la consecuencia de una cadena de decisiones humanas.
Pero la sociedad ya no exige saber quién decidió, qué decidió y por qué. En este contexto encaja perfectamente que el presidente del Gobierno el señor Pedro Sánchez, haya pedido explícitamente a los ciudadanos que no se informen a través de medios que no sean los considerados “fiables”, los alineados con el relato gubernamental, es decir TelePedro. No es una salida de tono ni una frase mal calculada. Es una declaración ideológica incoherente con la moral y la realidad y muy coherente con su modelo de gestión.
El mensaje no va dirigido a los medios, sino al ciudadano borreguil: No se te ocurra contrastar ni comparar y por supuesto no escuches versiones incómodas. La crítica ya no se combate con argumentos, sino con deslegitimación previa, haciendo aspavientos con las manos exageradamente para que se te vean las palmas y parezcas honesto. Y claro, el que duda no es un ciudadano exigente, sino un desestabilizador. El que pregunta no ejerce un derecho, sino que “alimenta el ruido”. Si se te ocurre preguntar o cuestionar, eres facha.
Este es el punto en el que el poder deja de verse a sí mismo como servidor público y pasa a considerarse tutor moral de la sociedad.
El patrón es siempre el mismo. Ante cualquier crisis, el poder lanza una consigna tranquilizadora y esconde la mano. No se identifican responsables individuales, no se revisan estructuras de decisión, no se asumen errores estratégicos. Todo queda absorbido por una nebulosa de términos técnicos y mensajes que quieren parecer tranquilizadores.
Lo importante no es resolver el problema, sino aguantar el circo mediático. Y funciona porque la ciudadanía que le sigue ha sido entrenada para aceptar esa dinámica. Para indignarse brevemente y pasar página. Para confundir responsabilidad política con fatalidad inevitable. Y si entre medias, pueden decir que el accidente ferroviario mas grave de la historia de España es culpa de Franco, pues sujétame el cubata…







