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Felipe VI llevando a cabo el mensaje de Navidad
OPINIÓN

Mensaje de Navidad: una monarquía que calla, un Rey que decepciona

La opinión de Javier García Isac de hoy, miércoles 7 de enero de 2026

El mensaje de Navidad de Felipe VI, pronunciado la noche del 24 de diciembre, volvió a confirmar lo que muchos españoles llevan años percibiendo con creciente desazón: la Corona ha optado por el camino de la comodidad, la equidistancia impostada y el silencio cómplice. Un mensaje plano, desarraigado, carente de alma, sin referencias a nuestras raíces cristianas, sin Belén, sin símbolos, sin memoria y, sobre todo, sin verdad.

Un mensaje que no incomoda a nadie porque no dice nada; que no defiende a nadie porque evita todo aquello que incomoda al poder; que no interpela porque se refugia en un lenguaje burocrático, globalista y aséptico, perfectamente alineado con el discurso del Gobierno y del PSOE de Pedro Sánchez.

Una Navidad sin Dios y sin España

Que en el mensaje del Jefe del Estado no haya rastro alguno de la tradición cristiana de España no es un detalle menor. España no es una abstracción multicultural de despacho europeo: es una nación con siglos de historia, forjada al calor del cristianismo, con una monarquía que —no lo olvidemos— se define constitucionalmente como heredera de una tradición histórica concreta.

Eliminar cualquier referencia religiosa, cualquier símbolo, cualquier alusión al sentido espiritual de la Navidad no es neutralidad: es renuncia. Renuncia a la identidad, renuncia a la historia y renuncia a aquello que vertebra a millones de españoles. Es querer gustar a una izquierda que jamás aceptará la monarquía por el mero hecho de existir. Una izquierda que no quiere un Rey dócil, sino ningún Rey.

Silencio ante la corrupción y la quiebra moral

Resulta sencillamente incomprensible —y difícilmente justificable— que en un país sacudido por la corrupción sistemática del Gobierno, el Rey no pronunciara ni una sola palabra clara y firme al respecto. Nada sobre los escándalos que salpican a Moncloa, nada sobre el deterioro institucional, nada sobre el descrédito internacional de España.

Silencio también ante la quiebra económica, la asfixia fiscal, el empobrecimiento de las clases medias, la precariedad laboral crónica, la falta de expectativas de los jóvenes o la huida del talento. Como si todo eso no tuviera nada que ver con la Jefatura del Estado. Como si el país que se gobierna solo necesitara vagas apelaciones a la convivencia y al “diálogo”.

Unidad nacional: la gran ausente

Nada —absolutamente nada— sobre la ruptura de la unidad de España. Nada sobre el chantaje separatista, sobre la amnistía, sobre los indultos, sobre la humillación del Estado ante quienes lo quieren destruir. Y eso que el propio Rey firmó esas leyes. Lo hizo. Las refrendó. Las hizo posibles.

Un árbitro no es quien mira hacia otro lado cuando se comete una ilegalidad flagrante. Un árbitro está para señalar la falta, no para esconder el silbato en el bolsillo. Confundir neutralidad con inhibición es una de las grandes tragedias de esta monarquía.

Globalismo hueco, Europa abstracta

El mensaje volvió a insistir en la cantinela de “más Europa”, como si ese fuera el problema o la solución mágica a todo. ¿Más Europa para qué? ¿Para imponer agendas ideológicas? ¿Para arruinar el campo? ¿Para destruir la industria? ¿Para importar inseguridad y descontrol migratorio?

Ni una palabra clara sobre la inmigración ilegal, sobre la inseguridad creciente en barrios y pueblos, sobre la falta de integración, sobre la fractura social deliberadamente alimentada por la izquierda. Ni una sola mención al miedo real de miles de españoles que viven peor y más inseguros que hace unos años.

La monarquía frente al abismo

La paradoja es terrible: intentando caer bien a la izquierda, la Corona pierde el respeto de quienes podrían defenderla. Y, al mismo tiempo, no consigue el favor de quienes la detestan por definición. La institución está hoy más desacreditada que nunca, no por los ataques externos, sino por su propia falta de coraje.

La monarquía parlamentaria no consiste en ser un notario mudo del desguace nacional. Viene de una legitimidad histórica concreta, guste o no. Y pretender salvarla atacando o silenciando nuestra historia reciente no la fortalece: la debilita.

Ni Felipe VI ni antes su padre han estado a la altura de un momento histórico que exigía firmeza, claridad y liderazgo moral. Para este viaje, ciertamente, no hacían falta estas alforjas.

Un mensaje al servicio del poder

El balance es demoledor: un mensaje decepcionante, globalista, desarraigado y funcional al relato del Gobierno. Un discurso que no defendió a España, que no protegió a los españoles y que dejó claro que la Corona ha elegido no molestar al poder, aunque eso suponga traicionar su papel histórico.

Y cuando una institución renuncia a su razón de ser, otros —legítimamente— empiezan a preguntarse para qué sirve.

Porque una cosa es arbitrar, y otra muy distinta es desaparecer cuando más falta hace.

➡️ Opinión

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