El mensaje de Navidad de Felipe VI, pronunciado la noche del 24 de diciembre, volvió a confirmar lo que muchos españoles llevan años percibiendo con creciente desazón: la Corona ha optado por el camino de la comodidad, la equidistancia impostada y el silencio cómplice. Un mensaje plano, desarraigado, carente de alma, sin referencias a nuestras raíces cristianas, sin Belén, sin símbolos, sin memoria y, sobre todo, sin verdad.
Un mensaje que no incomoda a nadie porque no dice nada; que no defiende a nadie porque evita todo aquello que incomoda al poder; que no interpela porque se refugia en un lenguaje burocrático, globalista y aséptico, perfectamente alineado con el discurso del Gobierno y del PSOE de Pedro Sánchez.
Una Navidad sin Dios y sin España
Que en el mensaje del Jefe del Estado no haya rastro alguno de la tradición cristiana de España no es un detalle menor. España no es una abstracción multicultural de despacho europeo: es una nación con siglos de historia, forjada al calor del cristianismo, con una monarquía que —no lo olvidemos— se define constitucionalmente como heredera de una tradición histórica concreta.
Eliminar cualquier referencia religiosa, cualquier símbolo, cualquier alusión al sentido espiritual de la Navidad no es neutralidad: es renuncia. Renuncia a la identidad, renuncia a la historia y renuncia a aquello que vertebra a millones de españoles. Es querer gustar a una izquierda que jamás aceptará la monarquía por el mero hecho de existir. Una izquierda que no quiere un Rey dócil, sino ningún Rey.
Silencio ante la corrupción y la quiebra moral
Resulta sencillamente incomprensible —y difícilmente justificable— que en un país sacudido por la corrupción sistemática del Gobierno, el Rey no pronunciara ni una sola palabra clara y firme al respecto. Nada sobre los escándalos que salpican a Moncloa, nada sobre el deterioro institucional, nada sobre el descrédito internacional de España.
Silencio también ante la quiebra económica, la asfixia fiscal, el empobrecimiento de las clases medias, la precariedad laboral crónica, la falta de expectativas de los jóvenes o la huida del talento. Como si todo eso no tuviera nada que ver con la Jefatura del Estado. Como si el país que se gobierna solo necesitara vagas apelaciones a la convivencia y al “diálogo”.
Unidad nacional: la gran ausente
Nada —absolutamente nada— sobre la ruptura de la unidad de España. Nada sobre el chantaje separatista, sobre la amnistía, sobre los indultos, sobre la humillación del Estado ante quienes lo quieren destruir. Y eso que el propio Rey firmó esas leyes. Lo hizo. Las refrendó. Las hizo posibles.
Un árbitro no es quien mira hacia otro lado cuando se comete una ilegalidad flagrante. Un árbitro está para señalar la falta, no para esconder el silbato en el bolsillo. Confundir neutralidad con inhibición es una de las grandes tragedias de esta monarquía.







