La política de hoy es un espectáculo ambulante. Los antiguos parlamentos se han convertido en teatros de variedades, donde cada gesto vale más que un programa entero.
Ahí tienen a Sergio Massa, sorprendido en un acto tocándose la nariz cuatro veces en quince segundos. El asunto, difundido con precisión quirúrgica, no necesitó sesudos análisis económicos: bastó el ojo rápido de un cronista para que el gesto quedara convertido en símbolo.
Mientras tanto, en Moreno, kirchneristas y mileístas repiten la vieja costumbre argentina de discutir a pedradas. La diferencia está en quién lo cuenta: algunos medios prefieren callar o adornar, otros lo relatan con una claridad casi fotográfica, como hace @Laderechadiario, que ha convertido la política en un espejo incómodo, sin filtros ni afeites.
En Washington, la Casa Blanca se convierte en tablao cuando @javiernegre10, micrófono en mano, entrevista a la portavoz de Trump. La escena parece un duelo barroco: preguntas disparadas como arcabuces y respuestas que se defienden con retórica de escudo. El resultado, más que entrevista, es cuadro de Velázquez, con un periodista que pinta con palabras más rápido que muchos pintores con pinceles.
Y al fondo, como si quisiera reírse del destino, aparece Javier Milei, @jmilei, cabalgando todavía entre piedras y discursos, sobreviviendo a gritos y adoquines con la fe intacta en que los números también pueden ser banderas. Milei tiene algo de personaje cervantino: todos lo miran como excéntrico, pero nadie puede dejar de seguirlo en su quijotesca cabalgata.
Velázquez, si levantara la cabeza, pintaría este disparate universal con la misma calma con que retrató a los bufones de Felipe IV: ministros que se tocan la nariz, militantes que tiran piedras, periodistas que entrevistan a cañonazos y presidentes que entran y salen de bodas como invitados inoportunos.
El espectáculo, como siempre, no gobierna: se representa. Y en esa representación, unos pocos cronistas y políticos parecen haber entendido mejor que nadie que el mundo moderno no necesita solemnidad, sino luz directa.
Sala imaginaria del Museo del Prado
Entramos en la sala 12, donde suelen reposar Las Meninas y los bufones, pero algo ha cambiado. Entre La rendición de Breda y El príncipe Baltasar Carlos a caballo, aparece un lienzo que ningún catálogo oficial reconoce: “El espectáculo político universal”.







