Un reciente estudio publicado por El Debate revela lo que muchos llevamos años advirtiendo y que ahora queda documentado con cifras: los marroquíes nacionalizados en España votan, en su abrumadora mayoría, al PSOE. Y no lo hacen por convicción ideológica, ni mucho menos por un compromiso con la democracia o con los valores constitucionales. Lo hacen, lisa y llanamente, porque esperan obtener más subsidios, más prebendas, más facilidades. Lo hacen porque ven en el PSOE al partido que ha institucionalizado la cultura de la subvención, del privilegio étnico, del victimismo programado.
En cambio, y con una lucidez que conmueve, los venezolanos exiliados en España, los cubanos huidos del castrismo, los hispanoamericanos que han escapado de las garras del socialismo del siglo XXI, optan por VOX. ¿Por qué? Porque saben identificar el mal cuando lo han sufrido en carne propia. Porque reconocen en Pedro Sánchez y en Yolanda Díaz los mismos rostros del populismo que destruyó sus naciones, las mismas consignas huecas, las mismas políticas ruinosas. Porque no se dejan engañar por promesas de justicia social que sólo encubren redes de poder, corrupción y tiranía. Porque vienen de la miseria socialista y han reconocido en VOX el único bastión que defiende con claridad la propiedad privada, la libertad individual, la seguridad ciudadana y la identidad nacional.
Frente a estos ciudadanos ejemplares que huyen de regímenes opresivos, tenemos la otra cara de la moneda: una inmigración organizada, dirigida y premiada desde el poder, a la que se le ofrece la nacionalidad en tiempo récord y a la que se seduce con ayudas sociales, empadronamientos exprés y promesas de regularización masiva. No es casualidad que el PSOE haya convertido el multiculturalismo en su dogma, ni que el propio Pedro Sánchez se rodee de una amalgama de intereses que van desde el islamismo político hasta el separatismo antiespañol. Necesita crear un nuevo electorado: uno dependiente, agradecido, obediente. Uno que vote sin preguntar, a cambio de paguitas y silencios cómplices.
El PSOE ya no es un partido político: es una máquina de ingeniería social.
Este modelo está diseñado para fracturar a España, para dividir a los españoles y para sustituir a un electorado crítico y exigente por otro que dependa del Estado para sobrevivir. Una estrategia que ya vimos en Venezuela con Chávez y Maduro, que aplicó con entusiasmo el Foro de São Paulo, y que ahora se impone desde Moncloa con la ayuda inestimable de las ONG regadas de millones, los medios subvencionados y una oposición que calla.







