No se puede callar más. No se puede seguir mirando hacia otro lado cuando quienes deberían ser pastores, se convierten en mercenarios al servicio del poder político. Monseñor José Cobo, arzobispo de Madrid —el mismo que se arrastra ante Pedro Sánchez y bendice, sin rubor, la resignificación del Valle de los Caídos— ha cruzado una línea que clama precisamente al cielo. En un nuevo acto de servilismo, cobardía y complicidad con el régimen socialista, se permite el lujo de insultar a los católicos fieles y escupir sobre la memoria de más de 7.000 religiosos asesinados por odio a la fe durante la persecución religiosa de los años 30. ¿Cómo no sentir rabia, indignación y asco?
Cobo no solo guarda silencio ante la profanación de tumbas, la expulsión de los monjes benedictinos, la demolición simbólica del Valle de los Caídos o el cierre del seminario de El Escorial. No. Va mucho más allá: criminaliza la memoria de los mártires, ridiculiza la fe de los sencillos, y se convierte en cómplice del PSOE en su cruzada laicista y anticristiana. Se le ha olvidado que gracias a esos mártires —a los que ahora desprecia— él puede hoy vestir una mitra, aunque no la merezca.
¿Dónde está su dolor por los seminaristas degollados, por los sacerdotes fusilados entre vítores de la chusma socialista? ¿Dónde su defensa de la Iglesia perseguida por los que hoy gobiernan y a los que tanto agrada complacer? ¿Dónde su protesta cuando se cerraban iglesias por decreto, cuando se impedían misas, cuando se confinaba el culto mientras se permitían mítines y botellones?
No le duele la Iglesia, le duele la X de la declaración de la renta. No le conmueve la sangre derramada por amor a Cristo, sino los equilibrios con la agenda del Gobierno. ¿Qué le queda de obispo a quien sólo se preocupa de ser aceptado por el mundo, por los políticos, por los enemigos declarados de Cristo? Monseñor Cobo no está al servicio de la Iglesia, está al servicio del PSOE. No es Pedro el apóstol, es Judas el traidor.







