En la Casa Rosada, entre pilas de informes económicos, cifras de déficit y discursos subrayados con marcador fluorescente, Javier Milei parece embarcarse en una empresa que mezcla lo político con lo literario: recuperar un tiempo perdido, como si Proust y Cervantes se hubieran puesto de acuerdo para inspirar a un presidente libertario.
No se trata, por supuesto, de un tiempo personal —no hay magdalenas mojadas en té ni evocaciones infantiles—, sino de un tiempo histórico, ese que él describe como “la Argentina potencia”, un país que se extravió hace casi un siglo entre políticas estatistas, inflación crónica y promesas incumplidas. Para alcanzarlo, Milei no duda en desplegar un arsenal de reformas y decretos, convencido de que la motosierra, su símbolo de campaña, es la herramienta ideal para podar décadas de lo que llama “mala praxis económica”.







