La jerarquía eclesiástica española ha traicionado su razón de ser. Más pendiente del modelo de declaración de Hacienda que del modelo de fe, ha sustituido la cruz por el contador de subvenciones. Santiago Abascal lo denuncia y lo hace con toda la fuerza que merece.
No hay mayor afrenta para el catolicismo que ver a quienes deberían ser guardianes de la fe plegarse ante el poder. Una jerarquía más dispuesta a rendir culto a los intereses públicos y mediáticos que a defender los principios eternos que predica. Una jerarquía que, con la religión en sus labios, se arrodilla ante el poder político, deja a los fieles desamparados y privilegia las buenas migajas antes que proclamar la verdad.
Abascal lo ha dicho con claridad meridiana: “Soy católico, pero mi responsabilidad es política”. Frente a esa claridad, muchos obispos han respondido con tibieza, a menudo amordazados y mirando hacia otro lado cuando deberían alzar la voz. Y todo mientras se permiten más condescendencia hacia un mundo musulmán que, en su negación de nuestra identidad, amenaza nuestra forma de vida. Mientras tanto, apenas hay una palabra que salga de sus púlpitos para defender a aquellos que sufren bajo el totalitarismo ateo, el terror rojo, o a quienes dieron su vida por España y por la fe.
Es irónico —si uno no se enfada primero— que se brillen más con discursos de inclusión que protejan lo indefendible, mientras olvidan el derecho a la vida, el sufrimiento de los nuestros, las víctimas del terrorismo. Su progresismo de saldo, su ‘wokeismo’ barato, ha convertido la Iglesia en un teatro de vanidades. El progresismo les llena los bolsillos, pero vacía sus mensajes.
Eso es lo que ocurre cuando tu jerarquía se convierte en un lacayo del poder. No hay coro de debate, no hay defensa de lo que importa: el catolicismo social, verdadero, exigente. La Iglesia de hoy está más preocupada por no herir sensibilidades que por proteger a los débiles. Y más aún: por no perder subvenciones que por predicar la doctrina.







