La Real Academia de Española (RAE), en su diccionario de la lengua española define la palabra miedo en su primera acepción como “Angustia por un riesgo o daño real o imaginario”, ofreciendo además sinónimos tales como temor, horror, espanto, pavor o pánico entre otros; y en su segunda acepción lo define como “Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea”.
El lector debe perdonarme la licencia de empezar este artículo mostrando el tenor literal de la definición ofrecida por la RAE de una palabra tan común; de sobra se entiende que todos conocen el significado de la palabra miedo o al menos el sentimiento que representa. Esta palabra, tormento de niños en noches solitarias y oscuras, azote de cobardes, imprudentes e ignorantes, se ha descubierto como crucial herramienta de control de masas a través del condicionamiento mental colectivo.
El miedo o el pánico es un sentimiento que activa partes del cerebro más primitivo despertando mecanismos de supervivencia y desencadenando reacciones de lucha o huida que tiene como consecuencias directas en el comportamiento humano reacciones inconscientes encaminadas a escapar de una situación de amenaza o peligro inminente contra la propia vida quedando relegadas funciones cerebrales principales a planos secundarios y dominando un instinto irracional.
El miedo es un sentimiento poderoso y los que ostentan el poder han sabido utilizarlo a su favor siempre, múltiples ejemplos a lo largo de la historia han dejado constancia de ello. Desde muy antiguo el miedo ha justificado las mayores atrocidades de la historia dejando tras de sí persecuciones religiosas que duraron siglos, la quema de mujeres en hogueras acusadas de brujería o incluso el holocausto surgió por el miedo nazi al dominio judío de la economía alemana.
El miedo es un arma de doble filo, es causa y efecto, y en los últimos tiempos se está utilizando como herramienta de sometimiento de las personas con gran éxito, como se puso de manifiesto durante los años del COVID-19, donde durante algo más de dos años, se dice pronto, poderes supranacionales ejecutaron órdenes a unas naciones desprovistas de soberanía para contradecirlas o directamente fueron cooperadores necesarios en la implantación de medidas restrictivas de derechos fundamentales y libertades haciendo saltar por los aires la legalidad y el Estado de Derecho, como dejó patente el Tribunal Constitucional en sus respectivas sentencias que declararon inconstitucionales las medidas infringidas sobre la población y que conllevaron a desastrosas consecuencias personales, profesionales y económicas a miles de familias. Ante todo este atropello, no surgieron protestas ni movilizaciones multitudinarias en protesta de la subyugación a la que se nos sometió y ¿por qué? Porque habían conseguido infundir el miedo en nuestros corazones, utilizaron el miedo a morir y el miedo a perder a los seres queridos para la consecución de sus criminales propósitos. Estos propósitos están ahora saliendo a la luz en diversos y muy mediáticos procesos judiciales, donde políticos y empresarios de escasa catadura moral se inflaron a millones mediante contratos adjudicados “a dedo” que se contaron por cientos, entre otros desmanes.
Lo cierto es que han visto que les funciona, que mediante la infusión del miedo en la población pueden hacer lo que quieran y nadie les impedirá volver a hacerlo. Tanto es así que, ante el cambio radical de la política de Estados Unidos tras la toma de posesión de Trump con respecto a la guerra de Ucrania, la Unión Europea se quedaba sin plan, que no era otro sino el de llevarnos a una guerra total contra Rusia. Tras este traspiés y el desmarque de EEUU, la UE ha decidido seguir adelante con los planes de guerra y es notorio que desde hace un par de meses no paran de bombardearnos mediáticamente con el paulatino incremento de la amenaza rusa hasta llegar al día martes 25 de marzo, donde la presidente de la Comisión de la UE Úrsula von der Leyen se ha atrevido a lanzar un mensaje propio de novela de terror. Esta señora ha instado a los ciudadanos europeos a que se preparen para lo peor, apremiando a que la gente se aprovisione de un kit de supervivencia para poder aguantar 72 horas en caso de un posible estallido de la guerra.







