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Majestad, empuñe su espada

Majestad, empuñe su espada
por EDATV
13 de octubre de 2026 a las 11:57
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Por Luisfer Castañeda

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En la mitología de J.R.R. Tolkien, el reino fronterizo de Rohan agonizaba bajo un asedio implacable. Las fuerzas invasoras campaban a sus anchas, saqueando y cruzando las fronteras sin encontrar resistencia. Mientras su pueblo perecía, el rey Théoden permanecía postrado en su trono, envejecido prematuramente y hechizado por los susurros tóxicos de Gríma Lengua de Serpiente, quien le convencía a diario de que la rendición y la inacción eran el único camino. Hoy, mirando hacia la frontera sur de España, es imposible no ver en Ceuta el doloroso reflejo de aquel reino sitiado y abandonado.

Llevamos 76 días padeciendo una invasión orquestada, teledirigida y utilizada como arma de chantaje por Marruecos. Setenta y seis días —las dos últimas jornadas de julio, todo agosto, todo septiembre y lo que llevamos de octubre— en los que la ciudad ha visto alterada su paz, su seguridad y su cotidianidad, sin que el Estado oponga la firmeza que exige la defensa de la soberanía nacional.

Y en medio de este asedio, la agenda de la visita real a Ceuta confirma los peores temores sobre el letargo de nuestras instituciones. Majestad, el agravio no reside únicamente en aparecer tarde por allí, sino en lo que se hace cuando finalmente se pisa el terreno. Iniciar el recorrido en un cementerio musulmán —una confesión que, desde luego, no comulga mayoritariamente con el sentir de la sociedad española tradicional— para homenajear a quienes fueron utilizados como carne de cañón por nuestro vecino del sur, supone un blanqueamiento inaceptable de la invasión. En lugar de acudir inmediatamente a respaldar a los compatriotas que sufren el asedio, la Jefatura del Estado se presta a una escenografía de sumisión, dictada por el Gríma de nuestro tiempo, Pedro Sánchez, empeñado en adormecer el pulso de la nación y ceder ante las pretensiones de Rabat.

Hemos normalizado el disparate. Hemos dado por bueno que se rían de nosotros, que vulneren nuestras fronteras y que, para colmo de males, los asaltantes se queden a gastos pagados en nuestro propio país. Resulta perverso y humillante que el Estado haya asumido que sea el español de a pie, el trabajador asfixiado y el autónomo apaleado, quien termine sufragando con sus impuestos la estancia de quienes violan nuestras fronteras, alojándolos incluso en hoteles de cuatro estrellas. Esto tiene que cambiar.

Nadie ignora que en nuestra monarquía parlamentaria el Rey reina pero no gobierna. Pero la Constitución, en su artículo 62, le reserva un papel que no es meramente decorativo: el mando supremo de las Fuerzas Armadas. Y es aquí donde la figura del monarca no puede, ni debe, comportarse como un jarrón de porcelana frente al asalto de sus fronteras.

Cuando Gandalf se plantó ante el trono de Rohan para liberar a Théoden de su letargo, le entregó su vieja espada y pronunció unas palabras que hoy resuenan con urgencia: «Quizá vuestros dedos recordarían mejor su antigua fuerza si empuñaran la espada».

Felipe VI necesita recordar la fuerza de su juramento. Necesita sentir el peso de ese mando supremo y proyectar la autoridad moral que se espera del Jefe del Estado. Nuestros soldados, nuestra Armada y nuestro Ejército de Tierra son los Rohirrim de nuestro tiempo. Hombres y mujeres leales, atados por el mandato constitucional de garantizar la integridad territorial, que asisten maniatados por un Ejecutivo entreguista a la vulneración constante de la frontera sur. Solo esperan una señal de firmeza, un símbolo de que el Estado no ha claudicado.

Majestad, Ceuta es su Rohan particular y los ceutíes llevan meses resistiendo solos en la empalizada. No le pedimos que vulnere la ley, le exigimos que ejerza su indiscutible autoridad, que sacuda el yugo de los malos consejeros y dé un golpe en la mesa con el peso histórico de la Corona.

Tardía es la hora en que decide aparecer. El daño en las calles ya está hecho. Pero aún está a tiempo de desenvainar la dignidad nacional y convocar, al menos metafóricamente, el espíritu de defensa de su nación. Empuñe su espada, Majestad. Recuerde la fuerza de su mando y demuestre al mundo, y a quienes nos invaden, que usted es el Rey de España, y no un súbdito del rey de Marruecos.


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