
La Inquisición del pensamiento
España ha dejado de ser una democracia de ciudadanos para convertirse en un patio de colegio vigilado por los matones del recreo
Estos nuevos matones no visten cuero ni lucen cicatrices; visten de pana progre, se envuelven en banderas de colorines y cobran suculentas subvenciones por señalarnos con el dedo. Estamos sometidos a un fenómeno patológico: la fobia a la inteligencia, el pavor al matiz y, por encima de todo, el odio a quien se atreve a escribir sin pedir permiso en el ministerio de turno. Se ha instaurado un clima de terror intelectual donde el pensamiento crítico es tratado como un delito de lesa majestad, y donde la disidencia se paga con el ostracismo o el escrache.
Esta semana, el espectáculo ha sido muy vergonzoso, de chirigota, si no fuera por lo que significa para nuestra salud democrática. Un académico de la talla del Señor Arturo Pérez-Reverte, un hombre que ha visto más guerras de las que la mayoría de nuestros políticos pueden siquiera imaginar en sus pesadillas, ha tenido que suspender, "aplazar", dice con elegancia, unas jornadas culturales en Sevilla. ¿El motivo? El sectarismo más rancio y la cobardía de quienes no soportan el contraste de ideas. Un par de personajillos, con ínfulas que talento, se negaron a compartir cartel con quienes no profesan su misma ideología, como si la presencia de José María Aznar o Iván Espinosa de los Monteros fuera a contagiarles el virus de cordura. La izquierda, esa que se llena la boca con la palabra "diálogo" y "pluralidad", ha redefinido el significado del veto y la cancelación. Para ellos, la Guerra Civil no es un objeto de estudio que deba abordarse con la complejidad que merece, sino un garrote con el que quieren seguir golpeando al presente y dividiendo a los españoles entre buenos y malos. Si el debate no está tutelado por sus comisarios políticos, prefieren quemar la biblioteca antes de que alguien se atreva a leer algo que no sea la versión oficial del nuevo régimen.
Pero no es un caso aislado, es un patrón de conducta. El brillante Juan Soto Ivars ha tenido que presentar su último ensayo, "Esto no existe", bajo un asedio que recordaba a las peores épocas del absolutismo. ¿Su pecado? Atreverse a documentar con datos veraces, esos tercos enemigos del dogma, la existencia de denuncias falsas en la Ley Integral de Violencia de Género (LIVG). En Sevilla, otra vez la ciudad hispalense como escenario de la intolerancia, una turba de feministas energúmenas gritaba contra un libro que, por supuesto, no han leído. Es la victoria de la consigna sobre el párrafo; el triunfo del berrido sobre la sintaxis. Resulta fascinante observar cómo estas hordas, que se autodenominan "progresistas", reaccionan ante la evidencia estadística como los vampiros ante la luz del sol. No buscan rebatir argumentos, porque para eso hace falta leer y pensar, dos actividades que les resultan ajenas; buscan silenciar al autor, asfixiar su voz y evitar que la realidad empañe su relato subvencionado.
Es en este ecosistema de censura y "chiringuitos" ideológicos donde yo también me he convertido en una pieza de caza para el feminismo radical. El pasado 29 de mayo de 2025, publiqué mi novela, Relatos de un maltratador. Ya entonces recibí fuertes presiones y correos amenazantes de varias asociaciones feministas, entre ellas, la de esas autodenominadas "Madres Protectoras". Mi novela ha recibido excelentes comentarios por parte de la crítica literaria y ha sido un éxito de ventas para un autor autopublicado, algo que escuece profundamente a quienes creen que la cultura debe estar bajo el ala del Estado. Mi pecado fue que mi claro discurso en contra de la LIVG y las denuncias falsas entró en contraste con el contenido de mi primera obra, y eso hizo saltar todas las alarmas de los grupos feministas. Intentaron vetarla antes aun de que viera la luz, y mucho antes de preocuparse por saber siquiera qué decía el texto. Claro que pedirle a un progresista, a un comunista o a una feminista radical que lea, que madrugue o que trabaje, es pedir demasiado para su escaso bagaje intelectual. Prefieren la hoguera purificadora de la cancelación al esfuerzo de la lectura crítica.
Ahora que se acerca el 29 de mayo de 2026, la historia se repite. Verá la luz El diario de Carmen, la segunda parte de mi trilogía, y la expectación que está generando es directamente proporcional al miedo que tienen de que la verdad se abra paso. Este libro pone de manifiesto algo tan básico y olvidado como la importancia de no acusar a una parte sin antes escuchar a la otra, y de no dar por buena una sola versión de la historia. Algo que en cualquier sociedad civilizada sería el pilar de la justicia, en la España de hoy es considerado un acto de guerra por parte de las asociaciones feministas. Sin haber leído una sola línea, porque el libro aún no se ha publicado, ya rechinan y vetan todo lo que no sea su discurso único y asfixiante. Les aterra la duda, les aterroriza que el lector pueda empatizar con una realidad que no esté filtrada por su ideología de género.
No soy Pérez-Reverte, no soy Juan Soto Ivars, pero comparto con ellos la misma filosofía e incomodidad ante la persecución por expresar la libre opinión. Somos perseguidos por escribir, perseguidos por formar parte de la cultura española expresándonos con las letras, perseguidos por un nuevo fascismo que explota en cólera cada vez que se pone en riesgo sus chiringuitos ideológicos. Chiringuitos que, no lo olvidemos, reciben fuertes subvenciones de ese dinero público que, según ellos, no es de nadie, pero que siempre acaba en sus bolsillos. Es la industria de la queja y el odio, alimentada por un Gobierno que necesita enemigos externos para tapar su propia incompetencia.
Así va España, esa en la que todo lo que vaya en contra del discurso del adonis presidencial venido a menos con su delgadez sospechosa y su séquito de "Charos" se convierte automáticamente en objeto de escrache. Se ha creado una casta de intocables que se cree dueña de la superioridad moral y que no duda en utilizar todos los resortes del poder para anular al disidente. Escribir novela, expresarse en radio y redactar artículos de opinión te obliga hoy a cuidarte las espaldas si no escribes, opinas y ríes las gracias de quienes se han erigido en jueces de la decencia pública. Si no pasas por el aro, si no utilizas su neolenguaje absurdo, si no te arrodillas ante sus fetiches ideológicos, eres marcado con la letra escarlata.
La realidad es que nos enfrentamos a una estructura de poder que odia la libertad porque la libertad es incontrolable. Prefieren ciudadanos dóciles, anestesiados por la propaganda y temerosos de decir lo que piensan en voz alta. Por eso les molestan tanto los libros, porque un libro es un espacio de libertad individual que no pueden intervenir. Por eso les molesta Reverte, les molesta Soto Ivars y les molesto yo. Porque no pedimos permiso para existir ni para opinar.
Sin embargo, hay algo que estos inquisidores de vía estrecha no entienden: la literatura de verdad siempre sobrevive a sus censores. Reverte seguirá siendo un maestro indiscutible, Soto Ivars seguirá siendo el azote necesario de los hipócritas y yo seguiré escribiendo y vendiendo libros porque el público tiene sed de verdad. El lector no es tonto, aunque el Gobierno y sus satélites lo traten como a un menor de edad. La gente está cansada de que le digan qué debe pensar, qué debe leer y a quién debe odiar.
Señoras feministas radicales, amigas de la subvención y comisarios del pensamiento: sigan gritando desde sus poltronas pagadas con mis impuestos. Sigan intentando vetar lo que no comprenden y lo que les asusta. Cada insulto de ustedes, cada amenaza y cada intento de cancelación es una medalla en mi pecho que luzco con orgullo. El diario de Carmen verá la luz, y ustedes tendrán que conformarse con verla desde el rincón de la historia donde terminan siempre los censores: en el más absoluto y merecido de los ridículos. Porque en este país, afortunadamente, todavía quedamos algunos que preferimos una verdad incómoda a una mentira subvencionada.
Y sobre todo: yo no he venido aquí a reír gracias a nadie, ni a cuidar mi espalda a costa de mi dignidad. He venido a escribir la verdad, les pese lo que les pese. Y eso es lo que de verdad les quita el sueño.
Por: Jota Camacho.
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