Pero no es un caso aislado, es un patrón de conducta. El brillante Juan Soto Ivars ha tenido que presentar su último ensayo, "Esto no existe", bajo un asedio que recordaba a las peores épocas del absolutismo. ¿Su pecado? Atreverse a documentar con datos veraces, esos tercos enemigos del dogma, la existencia de denuncias falsas en la Ley Integral de Violencia de Género (LIVG). En Sevilla, otra vez la ciudad hispalense como escenario de la intolerancia, una turba de feministas energúmenas gritaba contra un libro que, por supuesto, no han leído. Es la victoria de la consigna sobre el párrafo; el triunfo del berrido sobre la sintaxis. Resulta fascinante observar cómo estas hordas, que se autodenominan "progresistas", reaccionan ante la evidencia estadística como los vampiros ante la luz del sol. No buscan rebatir argumentos, porque para eso hace falta leer y pensar, dos actividades que les resultan ajenas; buscan silenciar al autor, asfixiar su voz y evitar que la realidad empañe su relato subvencionado.
Es en este ecosistema de censura y "chiringuitos" ideológicos donde yo también me he convertido en una pieza de caza para el feminismo radical. El pasado 29 de mayo de 2025, publiqué mi novela, Relatos de un maltratador. Ya entonces recibí fuertes presiones y correos amenazantes de varias asociaciones feministas, entre ellas, la de esas autodenominadas "Madres Protectoras". Mi novela ha recibido excelentes comentarios por parte de la crítica literaria y ha sido un éxito de ventas para un autor autopublicado, algo que escuece profundamente a quienes creen que la cultura debe estar bajo el ala del Estado. Mi pecado fue que mi claro discurso en contra de la LIVG y las denuncias falsas entró en contraste con el contenido de mi primera obra, y eso hizo saltar todas las alarmas de los grupos feministas. Intentaron vetarla antes aun de que viera la luz, y mucho antes de preocuparse por saber siquiera qué decía el texto. Claro que pedirle a un progresista, a un comunista o a una feminista radical que lea, que madrugue o que trabaje, es pedir demasiado para su escaso bagaje intelectual. Prefieren la hoguera purificadora de la cancelación al esfuerzo de la lectura crítica.
Ahora que se acerca el 29 de mayo de 2026, la historia se repite. Verá la luz El diario de Carmen, la segunda parte de mi trilogía, y la expectación que está generando es directamente proporcional al miedo que tienen de que la verdad se abra paso. Este libro pone de manifiesto algo tan básico y olvidado como la importancia de no acusar a una parte sin antes escuchar a la otra, y de no dar por buena una sola versión de la historia. Algo que en cualquier sociedad civilizada sería el pilar de la justicia, en la España de hoy es considerado un acto de guerra por parte de las asociaciones feministas. Sin haber leído una sola línea, porque el libro aún no se ha publicado, ya rechinan y vetan todo lo que no sea su discurso único y asfixiante. Les aterra la duda, les aterroriza que el lector pueda empatizar con una realidad que no esté filtrada por su ideología de género.
No soy Pérez-Reverte, no soy Juan Soto Ivars, pero comparto con ellos la misma filosofía e incomodidad ante la persecución por expresar la libre opinión. Somos perseguidos por escribir, perseguidos por formar parte de la cultura española expresándonos con las letras, perseguidos por un nuevo fascismo que explota en cólera cada vez que se pone en riesgo sus chiringuitos ideológicos. Chiringuitos que, no lo olvidemos, reciben fuertes subvenciones de ese dinero público que, según ellos, no es de nadie, pero que siempre acaba en sus bolsillos. Es la industria de la queja y el odio, alimentada por un Gobierno que necesita enemigos externos para tapar su propia incompetencia.