Lo supe al leer la noticia. Leo Beenhakker había muerto. Y con él, se me fue un pedazo de mi juventud, de esa época en la que el fútbol olía a puro, a bocata envuelto en papel de aluminio, a linimento en el vestuario. Se ha ido Leo, sí, pero también se fue ese fútbol que me enseñó a ser del Madrid. A ser madridista. Porque yo no elegí al Real Madrid. El Madrid me eligió a mí. Y lo hizo, en parte, con Leo al mando.
Leo Beenhakker no era sólo un entrenador. Era un caballero del fútbol. Un holandés con elegancia de lord inglés y genio criollo. Llegó al Real Madrid en 1986 y lo cambió todo. O mejor dicho: lo devolvió todo. Nos devolvió el fútbol con alma, la sonrisa de los domingos, la fe en la camiseta blanca. Aquella camiseta que no tenía publicidad, ni márketing, ni redes sociales. Tenía historia. Tenía garra. Y tenía a Leo dirigiendo la orquesta desde el banquillo.
Con Beenhakker vivimos una de las épocas doradas del club. Tres Ligas consecutivas, una Copa del Rey, dos Supercopas. Pero las estadísticas son frías. Lo que importa es lo que no se cuenta: la emoción, el carácter, la pasión de ver jugar al Madrid de La Quinta del Buitre. Butragueño, Míchel, Martín Vázquez, Sanchís, Pardeza... y a su lado, los Schuster, Hugo Sánchez, Gordillo, Camacho. Y detrás, Leo, el director de escena.
Aquel equipo era una sinfonía. El Santiago Bernabéu era una olla a presión. Se podía fumar, se podía gritar, se podía estar de pie. El aforo era un dato, no una amenaza. Y nadie te miraba raro por abrazarte con el señor de al lado tras un gol de Hugo a pase de Míchel. El fútbol era eso: sentimiento, no algoritmo.
Beenhakker me recuerda a ese fútbol que echo de menos. El fútbol sin VAR, sin asépticos comentaristas políticamente correctos, sin tribunales que deciden lo que antes decidía el césped. Aquel fútbol en el que el árbitro se equivocaba, sí, pero era parte del juego. Hoy, en cambio, todo es sospecha, revisión, frialdad. ¿Dónde quedó la emoción espontánea? ¿Dónde quedó el rugido del estadio que hacía temblar a los rivales?
Con Leo aprendí que el Madrid no solo gana: convence, emociona, arrolla. Que no se trata solo de títulos, sino de estilo, de actitud, de esa personalidad indomable que forja leyendas. Y Leo lo entendía como pocos. Venía de fuera, sí, pero hablaba el idioma del madridismo como un castizo de Chamberí.







