Tras la muerte de Lenin, se abrió la lucha por el poder. Joseph Stalin y Leon Trotsky representaron dos rostros del mismo monstruo. Trotsky, creador del Ejército Rojo, no fue un humanista frustrado: defendió el terror y la militarización del trabajo. Stalin no traicionó a Lenin: lo ejecutó con eficiencia.
La izquierda contemporánea se aferra a una excusa pueril: culpar a Stalin de “los excesos” para salvar el dogma. Es como absolver al arma y condenar al dedo. Stalin no inventó el sistema; lo heredó. Aplicó lo que Lenin teorizó. El partido único, la represión, el control total, la ingeniería social y la aniquilación del enemigo son leninistas antes que estalinistas.
¿Por qué el comunismo sigue siendo defendido?
Porque nunca ha sido juzgado moralmente como merece. El nazismo fue derrotado militar y culturalmente; el comunismo sobrevivió al escrutinio, protegido por academias, medios y una retórica sentimental que confunde igualdad con servidumbre.
Se tolera su simbología, se justifican sus líderes, se reescribe su historia. Y así, mientras Europa recuerda —con razón— Auschwitz, olvida el Holodomor, el Gulag, las purgas, Camboya, Cuba, Venezuela, Corea del Norte. El resultado es un blanqueamiento criminal que permite que hoy, en universidades y parlamentos, se reivindique una ideología que convirtió al Estado en verdugo.
Lenin hoy: una advertencia, no una nostalgia
Recordar la muerte de Lenin no es un acto académico. Es una obligación moral. Significa recordar que la promesa de igualdad desembocó en la dictadura, que la revolución devoró a sus hijos y que el comunismo no fracasa: mata. Mata cuando llega al poder y corrompe cuando no lo hace, porque su lógica necesita enemigos, control y sumisión.
Mientras haya quien justifique a Lenin, la historia seguirá en peligro de repetirse. Porque las ideas importan. Y las ideas de Lenin —como las de Marx mal digeridas por revolucionarios sin escrúpulos— construyeron el laboratorio del terror moderno.
Lenin murió en 1924. El comunismo no. Y esa persistencia, cien millones de muertos después, es la mayor prueba de su inmoralidad. No es pasado: es una amenaza recurrente que exige memoria, verdad y firmeza. Exige no olvidar, que la ideología más criminal y asesina de la historia de la humanidad han sido y son el socialismo, y su hijo putativo, el comunismo.