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OPINIÓN

Lenin, 1924: el origen criminal de una ideología que sigue buscando coartadas

La opinión de Javier García Isac de hoy, lunes 26 de enero de 2026

arquitecto político de una de las experiencias más criminales de la historia. Su fallecimiento no cerró una era: la consolidó. Porque con Lenin no murió una desviación, sino un método, una teología política que convirtió la violencia en sistema, la mentira en herramienta y el terror en virtud revolucionaria.

En pleno siglo XXI, cuando el balance del comunismo supera los cien millones de muertos solo en Europa, aún hay quien pretende blanquearlo, presentarlo como una “utopía mal aplicada” o reducir sus crímenes a una supuesta anomalía estalinista. Es una falsificación histórica. El comunismo nace manchado de sangre y Lenin fue su principal hacedor.

La semilla del terror: Lenin y la revolución como guerra total

Lenin no fue un idealista ingenuo. Fue un ingeniero del poder absoluto. Inspirado en Karl Marx, reinterpretó el marxismo para imponerlo por la fuerza en una Rusia que no era el país industrial que Marx había imaginado. La solución leninista fue sencilla y atroz: suplantar al pueblo por el partido; al partido, por el comité; al comité, por el líder.

De su mano nacieron:

La Cheka, policía política concebida para la represión preventiva.

El terror rojo, legitimado como “defensa revolucionaria”.

Los campos de trabajo, germen del Gulag.

La eliminación del disidente, incluso del socialista no alineado.

Nada de esto fue una desviación posterior. Fue doctrina. Lenin escribió, ordenó y justificó el asesinato político como instrumento “científico”. La revolución dejó de ser un proceso social para convertirse en una guerra civil permanente dirigida desde arriba.

La coartada estalinista: una mentira cómoda

Tras la muerte de Lenin, se abrió la lucha por el poder. Joseph Stalin y Leon Trotsky representaron dos rostros del mismo monstruo. Trotsky, creador del Ejército Rojo, no fue un humanista frustrado: defendió el terror y la militarización del trabajo. Stalin no traicionó a Lenin: lo ejecutó con eficiencia.

La izquierda contemporánea se aferra a una excusa pueril: culpar a Stalin de “los excesos” para salvar el dogma. Es como absolver al arma y condenar al dedo. Stalin no inventó el sistema; lo heredó. Aplicó lo que Lenin teorizó. El partido único, la represión, el control total, la ingeniería social y la aniquilación del enemigo son leninistas antes que estalinistas.

¿Por qué el comunismo sigue siendo defendido?

Porque nunca ha sido juzgado moralmente como merece. El nazismo fue derrotado militar y culturalmente; el comunismo sobrevivió al escrutinio, protegido por academias, medios y una retórica sentimental que confunde igualdad con servidumbre.

Se tolera su simbología, se justifican sus líderes, se reescribe su historia. Y así, mientras Europa recuerda —con razón— Auschwitz, olvida el Holodomor, el Gulag, las purgas, Camboya, Cuba, Venezuela, Corea del Norte. El resultado es un blanqueamiento criminal que permite que hoy, en universidades y parlamentos, se reivindique una ideología que convirtió al Estado en verdugo.

Lenin hoy: una advertencia, no una nostalgia

Recordar la muerte de Lenin no es un acto académico. Es una obligación moral. Significa recordar que la promesa de igualdad desembocó en la dictadura, que la revolución devoró a sus hijos y que el comunismo no fracasa: mata. Mata cuando llega al poder y corrompe cuando no lo hace, porque su lógica necesita enemigos, control y sumisión.

Mientras haya quien justifique a Lenin, la historia seguirá en peligro de repetirse. Porque las ideas importan. Y las ideas de Lenin —como las de Marx mal digeridas por revolucionarios sin escrúpulos— construyeron el laboratorio del terror moderno.

Lenin murió en 1924. El comunismo no. Y esa persistencia, cien millones de muertos después, es la mayor prueba de su inmoralidad. No es pasado: es una amenaza recurrente que exige memoria, verdad y firmeza. Exige no olvidar, que la ideología más criminal y asesina de la historia de la humanidad han sido y son el socialismo, y su hijo putativo, el comunismo.

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