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Montaje con tres figuras políticas en primer plano frente a pilas de expedientes un reloj de arena lleno de monedas un coche accidentado y coches de policía al fondo
OPINIÓN

Cuando la impunidad estorba: el Estado como búnker y la fe como diana

No hay nada que te prepare para el clic metálico de unas esposas cerrándose sobre tus muñecas

Tampoco hay nada que te prepare para el silencio atronador de un Estado que ha decidido que la ley es algo opcional y selectivo. Un menú a la carta donde unos eligen qué cumplir y otros estamos obligados a padecer. Hace más de una década, una declaración mentirosa bastó para anular mi presunción de inocencia y llevarme a un calabozo sin pruebas. Hoy, en esta España que que ha perdido el juicio, las hojas de papel del juzgado parecen ser papel mojado para quienes habitan el búnker de la Moncloa y para todos sus amiguitos nombrados a dedo.

Estamos presenciando la coreografía de la soberbia que debería hacernos temblar como sociedad. Mientras a cualquier ciudadano de a pie se le exige hasta el último recibo del autónomo bajo amenaza de embargo, en los pasillos del poder el pasaporte es un objeto opcional y la dimisión, un concepto arcaico.

Esta semana hemos asistido a un nuevo episodio del serial de Begoña Gómez. Su defensa ha rechazado entregar el pasaporte al juez Peinado, alegando que pedirlo vulnera derechos fundamentales y que no hay riesgo de fuga. Resulta vomitiva la elasticidad de los derechos en este país: para unos son un escudo impenetrable; para otros, como aquel Jota Camacho que bajaba esposado frente a sus vecinos, no son más que una sugerencia que la policía puede ignorar con una sola llamada de "violencia de género".

La ironía es sangrienta. Se nos dice que "nadie está por encima de la ley", pero el mensaje que emana de la resistencia a colaborar con la justicia es nítido: la ley es para los administrados, no para los administradores. ¿Y de quien depende la fiscalía? Pues eso… Es el triunfo del relato sobre el dato. Si el relato dice que eres una "víctima de una persecución política", entonces el pasaporte se queda en el cajón. Si el dato dice que hay una investigación abierta, el dato estorba. Y ya sabemos qué pasa en España cuando la verdad estorba: que el silencio, o la obstrucción, se convierte en política de Estado.

A este baile de sombras se une Óscar Puente. El ministro de Transportes, en medio de una crisis ferroviaria que ha dejado cicatrices en Adamuz y otros puntos de España, una sensación de inseguridad diaria y constante en las vías. Se planta ante los micrófonos con sus gónadas morenas, para decir que se siente "absolutamente capacitado" y que no piensa dimitir. La responsabilidad política en España ha pasado de ser una obligación ética a ser una cuestión de resistencia física. No importa que el sistema se agriete; lo que importa es no soltar el mazo. Puente no teme al cese porque sabe que, en el actual organigrama del poder, la lealtad al líder cotiza más alto que la eficiencia en la gestión. Es la normalización del abuso que menciono en mis articulos: primero se toleran pequeñas injusticias, luego se normalizan los grandes despropósitos.

Es curioso, por no llamarlo de otra manera, observar cómo en este país todo parece funcionar con la precisión de un tren de juguete (esta semana no se me ocurre otro símil) en manos de un niño distraído, excepto Hacienda. Los ministerios se desangran en burocracia, las listas de espera en sanidad son poemas épicos de dolor y el transporte es una moneda al aire. Pero la Agencia Tributaria… ah, amigo, eso es otra historia. Hacienda funciona como un reloj suizo en un país que se ha acostumbrado al retraso.

Mientras los ingresos fiscales alcanzan récords históricos, superando los 300.000 millones de euros, los servicios que deberían sostenerse con ese dinero parecen estar en cuidados paliativos. Es la paradoja de la España actual: somos excelentes recaudando y mediocres gestionando, Excepto si es para putas y coca y se paga en efectivo, con los cien mil euros en gastos personales y en efectivo que cierto ministro, no puede justificar. ¡Ahí somos la leche! Se nos exige un esfuerzo heroico cada mes para alimentar una maquinaria que, a cambio, nos devuelve ideología con perspectiva de género, en lugar de soluciones. Es el "negocio del dolor" trasladado a la macroeconomía: se recauda bajo la bandera progresista del bien común, pero se gasta en mantener el andamiaje de un poder que nos trata como súbditos, no como ciudadanos.

Y en medio de este desierto de valores, emerge una realidad absurda y aberrante: la cristianofobia. Los datos del Observatorio para la Libertad Religiosa son tercos: tres de cada cuatro ataques a la libertad religiosa en España van dirigidos contra los cristianos. Pero de esto no verán minutos de silencio institucionales ni lazos de colores en las solapas de los ministros.

Parece que, en la España del progreso, tener convicciones religiosas es el último reducto de la incorrección política, a no ser que sean musulmanas, porque ahí la frase “son sus costumbres” lo soluciona todo.

Se ridiculiza el pudor, se dinamita la intimidad de nuestros hijos en las aulas y se señala al creyente como alguien que estorba al proyecto de ingeniería social en marcha. Es la misma dinámica que denuncio al hablar de la alienación parental y la ideología de género: se crea un enemigo común, el hombre, el padre, el cristiano, para justificar una tutela estatal que nos infantiliza y nos divide.

Un niño sin raíces es más fácil de dirigir, y una sociedad sin fe, o con una fe perseguida, es una sociedad que solo tiene al Estado como referente moral. Y viendo quiénes gestionan el Estado hoy en día, el panorama y el futuro son desoladores.

Lo que ocurrió conmigo hace años, ese "tú sabrás por qué estás aquí" que me espetó mi abogada de oficio, es hoy el mantra de un Gobierno que nos mira desde arriba. "¿Tú de qué eres, de dato o de relato?", preguntaba yo tras el último 25N. Hoy la pregunta es más cruda: ¿Eres de los que se someten o de los que aún se atreven a señalar que el emperador va desnudo?

España se está deslizando por esa pendiente resbaladiza donde la ideología de genero sustituye a la conciencia. Cuando la verdad incomoda, se silencia. Cuando la justicia actúa, se la desprestigia. Cuando el ciudadano protesta, se le tacha de facha. No busco revancha, busco equilibrio. Pero es difícil encontrar equilibrio en un país donde se premia al que resiste en el cargo tras un desastre que cuesta casi cincuenta vidas y se persigue al que reza en una capilla sin hacer daño a nadie.

No quiero que mis hijas crezcan en un lugar donde la justicia tenga miedo, ni donde la ley sea un chicle que se estira según el apellido de quien la infringe. Pero si seguimos callando por miedo a la señalización política, si seguimos aceptando que Hacienda sea el único motor eficiente de un Estado gripado, lo que perderemos no será una elección: será una generación entera.

La verdadera pregunta no es qué están haciendo ellos con nuestro país. La verdadera pregunta es qué vamos a hacer nosotros cuando el silencio ya no sea una opción y la verdad, aunque estorbe, sea lo único que nos quede para no perder la dignidad. Porque un país que necesita creer que la impunidad es progreso, no está protegiendo a nadie. Está, simplemente, preparándose para su propio derrumbe.

Por Jota Camacho

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