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Hombre mayor con traje gris gesticulando con la mano mientras habla en un entorno de oficina
OPINIÓN

Cuando el coche es declarado enemigo: el verdadero rostro del dogma climático

Del ecologismo al autoritarismo

Las declaraciones de Pere Navarro, director general de la Dirección General de Tráfico, no son un lapsus ni una torpeza comunicativa. Son una confesión. Navarro ha dejado claro —con una franqueza inquietante— que el problema no es si el coche contamina más o menos, no es si es gasolina, diésel, híbrido o eléctrico. El problema, dice, es que los coches no pueden entrar en las ciudades porque así lo han decidido ellos. Punto.

Se cae la máscara. Durante años nos han vendido un relato edulcorado: salvar el planeta, reducir emisiones, descarbonizar la economía. Todo mentira. O, como mínimo, una gigantesca cortina de humo. El objetivo real nunca fue el CO₂. El objetivo es el control. Y el coche —símbolo por excelencia de la libertad individual— estorba.

Del ecologismo al autoritarismo

El discurso oficial ha ido mutando. Primero era la “emergencia climática”. Luego, las “cero emisiones”. Ahora, cuando el coche eléctrico tampoco encaja del todo en el dogma, aparece la excusa del espacio urbano. Siempre hay una razón nueva para el mismo fin: reducir nuestra libertad de movimiento.

Porque si de verdad fuera un problema medioambiental, el coche eléctrico tendría barra libre. Y no la tiene. Si fuera un problema de emisiones, bastaría con tecnología. Y no basta. Si fuera un problema de espacio, se invertiría en infraestructuras inteligentes. Y no se hace. La conclusión es obvia: el coche es el enemigo porque hace al ciudadano autónomo, independiente, dueño de su tiempo y de sus trayectos.

El coche como símbolo de libertad

Quien controla tu movilidad, controla tu vida. Lo saben los regímenes totalitarios y lo saben los burócratas que hoy gobiernan desde despachos alejados de la calle. El automóvil no es solo un medio de transporte: es la posibilidad de elegir, de vivir fuera del centro, de trabajar donde uno quiere, de no depender del horario ni del capricho de la administración.

Por eso demonizan el coche. Por eso criminalizan al conductor. Por eso convierten a millones de españoles en sospechosos por el simple hecho de moverse. La libertad molesta.

El gran engaño del coche eléctrico

Prometieron que el coche eléctrico era el futuro, la solución, la redención. Miles de familias invirtieron ahorros empujadas por subvenciones y amenazas. Hoy descubren la trampa: restricciones, zonas vetadas, incertidumbre permanente. No era una transición ecológica; era una transición autoritaria.

Porque el problema nunca fue qué coche conduces, sino que conduces.

Ciudades para burócratas, no para ciudadanos

Las ciudades se están convirtiendo en parques temáticos ideológicos: espacios pensados para quien obedece, no para quien vive. El trabajador que madruga, el autónomo, la familia con hijos, el mayor que necesita desplazarse, todos estorban. La ciudad del futuro de esta élite es una ciudad sin coches y sin ciudadanos libres.

Urgencia democrática

Las palabras de Pere Navarro deberían despertar a cualquiera que aún crea en el cuento. Esto no va de clima. Va de poder. Y cuando el poder decide hasta dónde puedes moverte, la democracia está en peligro.

Por eso es urgente echarles democráticamente del poder cuanto antes. No por una cuestión ideológica menor, sino por pura supervivencia cívica. Antes de que terminen de cercenar lo poco que queda de nuestra libertad, de nuestro modo de vida y de nuestra dignidad como ciudadanos.

El coche no es el enemigo.

El enemigo es quien quiere decidir por ti cómo, cuándo y hasta dónde puedes moverte.

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