El mayor cementerio español de elefantes políticos, esa casa a la que se aúpa a los que ya no se puede exprimir más, no se sabe donde recolocar, todavía no están para jubilarse a pesar de lo que ya nos han costado, o hay que premiar de alguna manera ellos sabrán porqué, pero que en cualquiera de los casos nos siguen costando a los españoles un potosí que cada vez nos endeuda más y que, objetivamente, no sirven absolutamente para nada, se ha desperezado y solicita la comparecencia de 40 nuevos nombres, nada menos, para saber, digo yo, que digan lo que saben, se creen ellos, sobre esa trama de corrupción que, reconocen nuestros senadores, conocen gracias a las informaciones de la prensa y la lenta actuación de la justicia. Añaden, por aquello de que los nombres dan más el pego, otros 14 que ya habían declarado pero que, como la prensa, esos mileuristas que cobran siete veces menos que cualquiera de ellos, ha hecho bien su trabajo, les ha proporcionado la posibilidad de volver a tener su minuto de gloria en televisión gritándoles lo que les venga en gana, cuanto más alto más audiencia, aún a pesar de que, como ya hemos comprobado mil veces, ese tipo de comisiones sólo sirven para el efímero lucimiento del ilustrado de turno y día en cuestión, auto otorgándose la exhibición con esa posterior etiqueta que se autoañaden argumentando que han hecho su trabajo y que les da para vivir dos o tres días más gracias a las declaraciones que harán en los mismos medios de siempre. Una rueda que todos conocemos. Luego se extrañan de que los medios tradicionales tengan cada vez menos lectores y menos audiencia. Deleznable.
¿Porque hemos decidido llamar a este asunto caso Koldo?. Es la primera reflexión que, pasado un verano en el que la maravillosa combinación que une realizar el camino francés de Santiago y escribir sobre ello durante esos 19 días y 779 kilómetros, me ha permitido concluir. Quizás esté influido por el hecho de ver a este personaje pasear a menudo por mi ciudad, Benidorm, y observar la prudencia con la que actúa si la comparamos con el resto del cuarteto que forma la bautizada familia del Peugeot: Pedro Sánchez, José Luis Ábalos, Santos Cerdán y Víctor de Aldama. A estas alturas de la película todos los interesados saben de sobra que este grandullón no es más que un señuelo, uno que pasaba por allí en el momento que a otros interesaba , que podrías haber sido tú y que no ha hecho otra cosa en su dilatada vida de más de medio siglo, que servir a las órdenes de quienes le reclutaron, le sacaron de su entorno laboral, le utilizaron como un gran clínex y abandonaron cuando llegó el momento de desviar el gran almacén de mierda que hay que tapar sobre las muchas fechorías que se han cometido, no sólo las minucias de las comisiones en la venta de mascarillas, durante los larguísimos siete años de gobierno del psicópata que se agazapa en la Moncloa, trinchera que simultanéa en verano con la Mareta en Lanzarote, dícese de ese palacete que regaló el Rey de Jordania a nuestro Rey Juan Carlos, el monarca sobre el que este personaje no ha podido acumular más miseria, hasta el punto de obligarle a abandonar la misma nación a la que salvó de un golpe de Estado del que nadie quiere ya acordarse. Todo ello con el silencio cómplice de una ciudadanía huérfana de valores. Al parecer resulta mucho más estimulante para la historia reciente, indultar y amnistiar, 36 años después, a los que intentaron lo mismo en Cataluña con el objetivo de partir España en dos y hoy mandan en ella. Ver para creer.