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Hombre de barba y gafas con traje oscuro y corbata roja sentado frente a un fondo con texto y un retrato en blanco y negro.
OPINIÓN

Koldo García, ¿Víctima o verdugo?

Opinión por Leopoldo Bernabéu

Se va terminando el verano y paulatinamente va regresando el festival, ese al que nos tiene acostumbrados la clase política que, aún habiendo ingresado sus jugosos salarios por no pegar ni chapa, norma que copian con rotunda efectividad a lo largo de todo el año, pero que en verano escuece un pelín más viendo que ni siquiera aparecen por su trabajo al menos para disimular, suelen montar a finales de agosto para dar la impresión de que sus señorías empiezan con fuerza el curso.

Y aquí estamos los periodistas para opinar, los que sí hemos tenido que seguir con el curro durante la canícula si la idea era seguir llevando un sueldo a casa, y el resto de españoles que, que con base central en el mileurismo, han tenido que atender a esos muchos millones de turistas que, gracias a Dios, siguen eligiendo España para pasar sus vacaciones, dejándose el dinerito con el que pagar a los ilustrados senadores que acaban de sacarse de la chistera, ahí es nada, la ampliación del plan de trabajo de la comisión de investigación del que subrayan como caso Koldo, nombre que tapona la principal verdad que nos quieren ocultar desde el principio, y no caso Delorme, que es como la Guardia Civil, bastante más profesional, aunque no en todos sus mandos (capítulo que también abordaré), bautizó este enorme caso de corrupción, con más tentáculos que un pulpo adulto que no deja de reproducirse. Y fíjate, sólo por culpa de esa primaria y sencilla conclusión, me he dedicado durante horas al minucioso estudio del asunto y deducido tantas reflexiones que me ha dado para un serial. Ves leyendo.

El mayor cementerio español de elefantes políticos, esa casa a la que se aúpa a los que ya no se puede exprimir más, no se sabe donde recolocar, todavía no están para jubilarse a pesar de lo que ya nos han costado, o hay que premiar de alguna manera ellos sabrán porqué, pero que en cualquiera de los casos nos siguen costando a los españoles un potosí que cada vez nos endeuda más y que, objetivamente, no sirven absolutamente para nada, se ha desperezado y solicita la comparecencia de 40 nuevos nombres, nada menos, para saber, digo yo, que digan lo que saben, se creen ellos, sobre esa trama de corrupción que, reconocen nuestros senadores, conocen gracias a las informaciones de la prensa y la lenta actuación de la justicia. Añaden, por aquello de que los nombres dan más el pego, otros 14 que ya habían declarado pero que, como la prensa, esos mileuristas que cobran siete veces menos que cualquiera de ellos, ha hecho bien su trabajo, les ha proporcionado la posibilidad de volver a tener su minuto de gloria en televisión gritándoles lo que les venga en gana, cuanto más alto más audiencia, aún a pesar de que, como ya hemos comprobado mil veces, ese tipo de comisiones sólo sirven para el efímero lucimiento del ilustrado de turno y día en cuestión, auto otorgándose la exhibición con esa posterior etiqueta que se autoañaden argumentando que han hecho su trabajo y que les da para vivir dos o tres días más gracias a las declaraciones que harán en los mismos medios de siempre. Una rueda que todos conocemos. Luego se extrañan de que los medios tradicionales tengan cada vez menos lectores y menos audiencia. Deleznable.

¿Porque hemos decidido llamar a este asunto caso Koldo?. Es la primera reflexión que, pasado un verano en el que la maravillosa combinación que une realizar el camino francés de Santiago y escribir sobre ello durante esos 19 días y 779 kilómetros, me ha permitido concluir. Quizás esté influido por el hecho de ver a este personaje pasear a menudo por mi ciudad, Benidorm, y observar la prudencia con la que actúa si la comparamos con el resto del cuarteto que forma la bautizada familia del Peugeot: Pedro Sánchez, José Luis Ábalos, Santos Cerdán y Víctor de Aldama. A estas alturas de la película todos los interesados saben de sobra que este grandullón no es más que un señuelo, uno que pasaba por allí en el momento que a otros interesaba , que podrías haber sido tú y que no ha hecho otra cosa en su dilatada vida de más de medio siglo, que servir a las órdenes de quienes le reclutaron, le sacaron de su entorno laboral, le utilizaron como un gran clínex y abandonaron cuando llegó el momento de desviar el gran almacén de mierda que hay que tapar sobre las muchas fechorías que se han cometido, no sólo las minucias de las comisiones en la venta de mascarillas, durante los larguísimos siete años de gobierno del psicópata que se agazapa en la Moncloa, trinchera que simultanéa en verano con la Mareta en Lanzarote, dícese de ese palacete que regaló el Rey de Jordania a nuestro Rey Juan Carlos, el monarca sobre el que este personaje no ha podido acumular más miseria, hasta el punto de obligarle a abandonar la misma nación a la que salvó de un golpe de Estado del que nadie quiere ya acordarse. Todo ello con el silencio cómplice de una ciudadanía huérfana de valores. Al parecer resulta mucho más estimulante para la historia reciente, indultar y amnistiar, 36 años después, a los que intentaron lo mismo en Cataluña con el objetivo de partir España en dos y hoy mandan en ella. Ver para creer.

Siempre me ha sonado demasiado artificial y prefabricado el trolebús de mierda e infamia volcado sobre alguien a quien se acusa de unas comisiones por interceder en la llegada de unas mascarillas, mientras que a otros como el propio Aldama, se le pusiera de patitas en la calle aun conociéndose la presunta estafa de nada menos que 180 millones de euros en la conocida causa de los hidrocarburos. O al mismísimo Salvador Illa, entonces ministro de sanidad y hoy molt honorable president de la generalitat catalana y eterno candidato al relevo y mantenimiento del frente sanchista, por la compra de ese mismo material, de manera tan difusa como inexplicada, a empresas del pueblo catalán del que fuera alcalde por un valor en torno a los 300 millones. ¿Te habías hecho alguna vez esta interesante reflexión que sirve de ejemplar comparativa?.

Koldo, del que ya conocemos hasta la talla de sus calzoncillos, gracias a ese enorme interés y gran coordinación de quienes tienen el poder mediático cogido por el mango, no vaya a ser que quien les proporciona nuestro dinero para que puedan pagar nóminas y continuar con el tinglado se vaya a enfadar, no es más que un personaje dedicado en su día a su empresa de seguridad privada, que tuvo la suerte, o quizás la desgracia si le preguntásemos ahora, de haberse cruzado con una pandilla de listillos como Santos Cerdán, primero y Ábalos, después, que vieron en él al necesitado de turno, idóneo para convertirlo en el “chico de los recados” en ese ordeno y mando que tú mismo habrías rechazado nunca.

Visto, escuchado y leído lo mucho que sabemos, al que más habría que aplaudir sería al que quisieron tomar por el bobo de la terna, un Koldo que supo tejer estrategias a su alrededor a sabiendas de donde se metía para resguardar sus anchas espaldas de un oscuro futuro que podría llegar, a pesar de que lo aupaban a las más altas esferas, percepción sobre la que no equivocó el tiro. Los demás, políticos de medio pelo y pseudo profesionales de turno, que aplicaban el característico manual del sobrado con “su amigo vasco”, se dan cuenta hoy que estaban junto a un lobo que tenía experiencia sobrada en el resguardo de las gallinas, a las que solo se comería, sin dudarlo, si en ello fuese su propia supervivencia. Y aunque lo dudo, por los años de experiencia y la aplicación del propio conocimiento, quizás termine aplicando la misma estrategia, pero perfeccionada como plato que se sirve frío, de ese “alter ego” que es quien debería poner apellido a este caso, y cuya eficacia es vox populi, que se lo pregunten al propio Ábalos, Iván Redondo o Carmen Calvo, por citar algunos otros clínex, convencido de que cada vez que asalta y arrasa su propio corral tiene más que comprobado que los pollos, la gran mayoría sin cabeza, se reponen con una facilidad pasmosa. La misma que siguen teniendo más de seis millones de españoles que siguen confiándole su voto, a pesar de que los lleva detrás de ellos, cual flautista de Hamelin, hacia el despeñadero.

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