Begoña Gómez duerme entre legajos. No hay sábanas, sino autos judiciales; no hay almohada, sino expedientes que huelen a tinta fría. En su duermevela aparece Franz Kafka, que le extiende una mano transparente para conducirla al interior de un tribunal sin puertas. Allí no hay jueces, sino espejos, y en cada reflejo ella aparece con un cargo distinto: malversación, tráfico de influencias, apropiación de software, comisiones en Marruecos, favores académicos. Ninguno concluye, todos comienzan de nuevo.
El juez Peinado camina por ese laberinto con la solemnidad de un autómata. Firma providencias que se convierten en pasillos, citaciones que mutan en túneles, autos que desembocan en callejones sin salida. Llama a declarar a su asesora, Cristina Álvarez, y a ella misma el 11 de septiembre, como si el calendario fuese un cadalso que marca con precisión absurda cada peldaño de la instrucción. Nada termina; lo que parecía cerrarse se abre de nuevo como una herida.
El tiempo, juez invisible y despiadado, acomoda lentamente las piezas. Aquellas sospechas que Alvise Pérez lanzaba en los márgenes —comisiones que atravesaban Marruecos, el Bank of Africa, engranajes que sonaban a rumor— empiezan ahora a adquirir la densidad de lo real. Lo que fue susurro en redes sociales se transforma en carpeta policial. Lo que parecía exageración se vuelve sombra que oscurece pasillos oficiales.







