
22 de noviembre de 1963: Cuando el poder invisible decidió quién mandaba
La opinión de Javier García Isac de hoy, lunes 24 de noviembre de 2025
Aquel 22 de noviembre de 1963, en Dallas, el mundo entero se detuvo.
El presidente de los Estados Unidos, John Fitzgerald Kennedy, era asesinado a plena luz del día, en un descapotable, junto a su esposa Jacqueline. Las imágenes del tiroteo dieron la vuelta al mundo, repitiéndose una y otra vez como un bucle trágico que marcó el final de una era: la supuesta edad dorada de la democracia norteamericana.
Fue, en realidad, el día en que murió la inocencia política de Occidente.
Porque con Kennedy no sólo caía un presidente; caía el mito de un sistema que presumía de libertad y transparencia, pero que se mostró incapaz —o tal vez no dispuesto— a esclarecer quién decidió, realmente, acabar con su vida.
El mito que nació con su muerte
Kennedy fue un producto de laboratorio político.
Guapo, joven, carismático, católico, con una esposa elegante y una familia que encarnaba el sueño americano. Todo en él era fotogénico. Su sonrisa, sus discursos, su juventud. Fue el primer presidente moldeado para la televisión, el primero que entendió el poder de la imagen sobre el contenido.
En el famoso debate de 1960 frente a Richard Nixon, los estadounidenses que escucharon por radio dieron como claro ganador a Nixon; los que lo vieron por televisión, a Kennedy.
Ahí empezó la política moderna: la política del envoltorio, no de las ideas.
Y también ahí empezó el declive del pensamiento político serio, sustituido por la mercadotecnia, la manipulación mediática y el culto a la imagen.
Kennedy fue un pionero, pero del vacío político que hoy domina el mundo occidental.
El matrimonio, la familia y la farsa
La imagen de perfección que vendía la Casa Blanca no podía estar más lejos de la realidad.
Su matrimonio con Jacqueline era una alianza de conveniencia y fachada. Él la engañaba sin pudor con decenas de mujeres, entre ellas Marilyn Monroe, aquella actriz convertida en icono erótico y símbolo de una era superficial y contradictoria.
El mito de Camelot —esa idea romántica de la Casa Blanca como corte de caballeros, glamour y nobleza— fue una invención propagandística para esconder la decadencia moral y la corrupción interna del poder norteamericano.
El asesinato que nadie quiso aclarar
El 22 de noviembre de 1963, tres disparos estremecieron a Estados Unidos.
El asesino oficial, Lee Harvey Oswald, fue capturado, para ser asesinado dos días después, en directo, por Jack Ruby, un hombre con probadas conexiones con la mafia.
Desde entonces, la historia oficial no ha convencido a nadie.
La Comisión Warren, encargada de la investigación, fue un intento de cerrar el caso en falso. Su informe, lleno de contradicciones, concluyó que Oswald había actuado solo. Pero el tiempo, los documentos desclasificados y las investigaciones posteriores demostraron que había mucho más: la mafia, la CIA, el FBI, las petroleras texanas, los intereses cubanos, la guerra fría y los propios servicios secretos.
Demasiados enemigos, demasiados secretos, demasiadas mentiras.
El asesinato de Kennedy fue, probablemente, el primer gran golpe de Estado encubierto del siglo XX.
Un aviso al mundo de que los verdaderos poderes no son los que salen en las urnas, sino los que se esconden tras las bambalinas.
Mafia, poder y traiciones
Las conexiones de Kennedy con la mafia están documentadas.
Su padre, Joseph P. Kennedy, había amasado su fortuna en los años de la Ley Seca, con vínculos evidentes con contrabandistas y capos mafiosos.
Durante la campaña de 1960, el clan Kennedy recurrió al apoyo de esas mismas redes para asegurar la victoria en estados clave como Illinois.
Y cuando ya en la Casa Blanca los hermanos Kennedy —especialmente Robert, fiscal general— intentaron limpiar su imagen enfrentándose a la mafia, se desató la tormenta.
Las relaciones peligrosas, las amantes, los intereses cruzados y los chantajes convirtieron la presidencia de Kennedy en un polvorín.
Los mismos que lo habían ayudado a llegar al poder empezaron a considerarlo un estorbo.
La guerra fría y el miedo
A nivel internacional, Kennedy jugó a ser héroe, pero fue imprudente y contradictorio.
La invasión de Bahía de Cochinos fue un desastre absoluto. Abandonando a los cubanos a su suerte.
El bloqueo de Cuba durante la crisis de los misiles de 1962 se vendió como un éxito diplomático, pero dejó a Estados Unidos y la URSS al borde de la Tercera Guerra Mundial.
En Vietnam, Kennedy fue el primero en enviar tropas y asesores militares, abriendo la puerta a una guerra que costaría cientos de miles de vidas.
A pesar de su retórica idealista, fue un presidente débil, manejado por su entorno y por los intereses del complejo militar-industrial, ese mismo que el general Eisenhower había denunciado en su discurso de despedida.
Kennedy quiso ser un reformador, pero no tuvo la fuerza ni la independencia para enfrentarse al poder real.
El día que murió la inocencia
El asesinato de Kennedy marcó el fin de una época.
Desde entonces, la desconfianza hacia las instituciones se instaló en la sociedad americana y, por extensión, en todo Occidente.
Nadie volvió a creer del todo en la versión oficial de nada.
A partir de 1963, la política se convirtió en espectáculo, el poder en simulacro y la verdad en una variable incómoda.
El asesinato de Dallas fue, en el fondo, una advertencia universal: quien desafíe a los poderes ocultos paga con su vida.
Desde entonces, los presidentes saben hasta dónde pueden llegar y quién manda de verdad.
Del mito a la manipulación
El mito de Kennedy nació el día que lo mataron.
Su sonrisa, su familia, su juventud, todo eso se convirtió en símbolo de una época idealizada.
Pero detrás del mito había corrupción, debilidad, manipulación y mentira.
Kennedy no fue el gran estadista que nos vendieron, sino el primer presidente mediático, el primer producto de marketing político.
Y sin embargo, su muerte sirvió para algo más profundo: para mostrar que en el mundo “libre” también hay conspiraciones, silencios y poderes que nunca se eligen en las urnas.
El 22 de noviembre de 1963 no sólo murió un hombre; murió la inocencia de Occidente.
Y desde entonces, la política ya no fue poder, sino representación.
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