Un día como hoy, hace ya 33 años, la carretera se llevó la vida de Juan Gómez "Juanito", pero jamás pudo arrebatarle la inmortalidad. Porque hay hombres que, aunque desaparezcan físicamente, se quedan a vivir para siempre en la memoria colectiva, en el alma de un club y en el corazón de una afición. Y Juanito es uno de ellos.
En tiempos de cartón piedra, de futbolistas de escaparate, de peinados impecables, redes sociales y declaraciones insulsas, conviene recordar que hubo un tiempo en el que el fútbol era otra cosa. Era pasión, entrega, sudor, lágrimas y, sobre todo, verdad. Juanito fue la verdad del Real Madrid. Fue la personificación de un club acostumbrado a no rendirse nunca, a levantarse cuando todo parecía perdido, a morir de pie antes que vivir arrodillado. Y si el Real Madrid tiene un espíritu, ese espíritu tiene nombre propio: Juanito.
Aquel genio malagueño que formó, junto al insuperable Santillana, una de las parejas más demoledoras y mágicas que jamás pisaron un terreno de juego, era un futbolista de otra época. De las que ya no se hacen. De los que dejaban la piel, los pulmones y el alma en el césped. Un jugador capaz de lo mejor y de lo peor, con un pronto imposible que sólo igualaba la grandeza de su corazón. Porque sí, Juanito podía encenderse en el campo, podía ser un volcán de nervio y rabia competitiva, pero fuera del estadio era un hombre de los que no quedan, humilde, generoso, siempre dispuesto a tender la mano, a ayudar al que lo necesitara.
Hoy, en este tiempo impostado, en el que muchos han convertido el fútbol en un negocio obsceno y sin alma, la afición del Real Madrid sigue haciendo lo que debe: recordar a Juanito cada día, cada partido, cada minuto 7. Porque el minuto 7 no es una pose ni una moda. Es un grito, un homenaje, un recordatorio de que hubo un hombre que dio todo por la camiseta blanca, que nos enseñó que la historia de este club está escrita con esfuerzo, sacrificio y un amor incondicional por los colores.







