
José Utrera Molina: el ministro de la justicia social y del deber
La opinión de Javier García Isac de hoy, lunes 3 de noviembre de 2025
En tiempos de ingratitud y desmemoria, cuando el revisionismo histórico se ha convertido en un arma para denigrar a quienes sirvieron a España con lealtad, honor y entrega, recordar la figura de José Utrera Molina no solo es un acto de justicia, sino también de dignidad nacional.
Porque José Utrera Molina no fue un político al uso, ni un burócrata del poder. Fue, ante todo, un servidor de España. Hombre austero, profundamente católico, convencido del sentido del deber y de la grandeza de la Patria, Utrera Molina dedicó su vida entera al servicio público y a la justicia social, aquella que se entendía no como dádiva ni subvención, sino como equilibrio entre el trabajo, la responsabilidad y el bien común.
Del servicio a la nación al ejemplo humano
Nacido en Málaga en 1926, su trayectoria política es inseparable del franquismo y de su lealtad a la doctrina falangista, ese periodo que los oportunistas de hoy pretenden borrar con leyes infames y decretos de rencor. Fue gobernador civil de Ciudad Real, Burgos y de Sevilla, cargos desde los cuales desplegó una enorme labor social, acercándose a los más necesitados, recorriendo barrios humildes, visitando pueblos olvidados, interesándose por el bienestar real de los españoles que trabajaban y sufrían.
Quienes le conocieron recuerdan su capacidad de empatía y cercanía, algo que hoy resulta casi imposible encontrar en la clase política. No había pose ni artificio. Utrera Molina era un hombre de palabra, de despacho abierto y de mirada limpia. Su presencia imponía respeto, pero también confianza. En Sevilla aún se recuerda su labor para mejorar las condiciones de vida de los barrios obreros, su impulso a la vivienda social y su lucha constante por elevar el nivel moral y material del pueblo andaluz.
Era un hombre cabal y profundamente leal. Entendía el Estado como servicio, no como botín. Franco sabía bien que el verdadero servidor público no debía buscar notoriedad ni enfrentamiento partidista, sino el bien de España. Y Utrera Molina, fiel a esa máxima, cumplió su misión con rectitud y entrega.
Su paso por el Ministerio de Vivienda fue igualmente ejemplar. Bajo su mandato, se impulsaron políticas sociales que hoy muchos prefieren ignorar, pero que transformaron la vida de millones de españoles. Viviendas dignas, empleo estable, desarrollo regional. Fue parte de aquella generación que creyó que España podía levantarse desde la disciplina, el trabajo y el amor a la patria.
El intento de borrar su memoria
Con la llegada de la democracia —esa democracia que se construyó sobre el olvido selectivo y la ingratitud—, Utrera Molina fue condenado al silencio y al oprobio. Su nombre, su memoria y hasta los homenajes a su persona fueron perseguidos por los mismos que se llenan la boca con palabras como “memoria” o “libertad”.
Le retiraron reconocimientos y honores que le correspondían por derecho propio, no por ideología, sino por méritos. Pero la historia, que a veces tarda, ha vuelto a poner las cosas en su sitio. La Justicia ha reconocido recientemente que no había razón alguna para retirar los homenajes y distinciones a José Utrera Molina, devolviendo algo de luz y decencia a un país que vive instalado en la mentira oficial.
Un legado moral
José Utrera Molina fue también un hombre de familia, y como he comentado, de valores firmes, profundamente creyente. Pero el mayor legado de Utrera Molina no está en los despachos ni en los boletines oficiales. Está en su ejemplo moral. En su coherencia. En su amor a España.
Fue de esos hombres que no se doblegan, que no piden perdón por haber servido a su patria y que mueren con la conciencia tranquila y “sin cambiar de bandera”, sabiendo que su vida tuvo sentido. En una España enferma de relativismo y cobardía, recordar a José Utrera Molina es recordar la fortaleza, la decencia y la fe en el destino de nuestra nación.
El deber de la memoria
Hoy, cuando algunos pretenden volver a dividir a los españoles, conviene mirar atrás y rendir homenaje a los que unieron, construyeron y sirvieron. José Utrera Molina fue uno de ellos.
Un hombre justo, un cristiano íntegro, un patriota.
Que su ejemplo sirva de guía frente al sectarismo y la mentira. Que su nombre vuelva a ocupar el lugar que la historia y la justicia le reservan. Y que las nuevas generaciones comprendan que la política solo tiene sentido cuando se pone al servicio del bien común.
Porque, como dijo el propio Utrera Molina en una de sus últimas intervenciones públicas:
“España no necesita políticos; necesita hombres de honor.”
Y José Utrera Molina, sin duda, lo fue.
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