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Hombre joven con esmoquin y banda presidencial sentado en una oficina antigua
OPINIÓN

José Calvo Sotelo: la España que pudo ser 4/5

Por Javier Garcia Isac

En la España convulsa y desgarrada de los años treinta, pocos hombres ofrecieron un diagnóstico tan certero y una propuesta tan firme para la regeneración nacional como José Calvo Sotelo. Más allá de su papel parlamentario y de su trágico destino, lo que verdaderamente define a Calvo Sotelo es su pensamiento político profundo, estructurado y coherente, nacido de una España en descomposición y orientado a una reconstrucción integral del Estado, la soberanía nacional y el orden social. Su figura, injustamente arrinconada por los arquitectos del olvido y los comisarios de la memoria selectiva, representa la posibilidad real de una España fuerte, justa y soberana. Una España que pudo ser y que no se permitió ser.

Soberanía nacional: la patria como principio y fin

Para Calvo Sotelo, la soberanía nacional era un principio sagrado, irrenunciable y no negociable. Lejos de las modas liberales de las democracias burguesas importadas, su concepción de la soberanía no era un simple formalismo jurídico, sino un eje vertebrador de la vida política. En sus discursos en las Cortes, repetía con convicción que “la soberanía no puede fragmentarse ni dividirse sin destruir a la nación misma”, dejando claro que su idea de España se enfrentaba al atomismo autonómico, a los nacionalismos disgregadores y al internacionalismo socialista.

España, en su concepción, no era una suma de territorios ni una simple estructura administrativa, sino una realidad histórica, espiritual y cultural que debía protegerse frente a toda forma de disolución. No concebía una soberanía que se subordinara ni al marxismo internacionalista ni a los dictados del capitalismo apátrida. España, para Calvo Sotelo, debía ser dueña de su destino, afirmarse en su unidad, en su integridad territorial y en su libertad frente a toda injerencia extranjera.

Fue uno de los primeros políticos en denunciar con contundencia la deriva de la II República hacia una pérdida de soberanía nacional, subordinada tanto a las agitaciones revolucionarias internas como a las consignas de Moscú y las presiones de poderes económicos globales. Frente a ello, su respuesta era clara: restaurar el orgullo nacional, afirmar el principio de autoridad y defender la patria como valor supremo. En su intervención del 16 de junio de 1935, lo expresó sin ambages: 

España debe reconquistar su soberanía política, hoy secuestrada por oligarquías sin patria y agitadores sin conciencia.

Justicia social: armonía, no lucha de clases

Uno de los aspectos menos conocidos pero más reveladores del pensamiento de Calvo Sotelo fue su concepción de la justicia social. Lejos de aceptar las categorías marxistas de la lucha de clases o el individualismo liberal sin freno, el fundador de Renovación Española defendía una tercera vía hispánica: un orden social fundado en la armonía entre los distintos cuerpos sociales, donde el Estado tuviera un papel mediador, integrador y garante del bien común.

Su etapa como ministro de Hacienda durante la dictadura de Primo de Rivera (1925–1930) fue reveladora:  impulsó medidas de protección social, fortalecimiento de las infraestructuras públicas, impulso a las clases medias y redistribución del esfuerzo fiscal sin demagogias. No creía en el igualitarismo confiscatorio, pero tampoco en el abandono de los más débiles. Su fórmula era clara: 

Ni capitalismo salvaje ni colectivismo destructor. Justicia social desde el patriotismo.

Calvo Sotelo concebía la economía como un instrumento al servicio de la nación, no como un fin en sí mismo. Rechazaba el mercantilismo globalizante, que sometía a los pueblos a los vaivenes del capital extranjero, y abogaba por un desarrollo nacional protegido y ordenado, donde el trabajo, la propiedad y la familia fueran pilares intocables.

En sus discursos insistía en que el Estado debía garantizar las condiciones para una vida digna, especialmente para las clases trabajadoras, sin caer en el asistencialismo ni en la ruptura del orden. Creía en la jerarquía natural, pero también en la responsabilidad del Estado para corregir los desequilibrios sociales sin renunciar al mérito ni a la libertad.

Uno de sus textos más reveladores lo encontramos en una alocución de 1934: 

Queremos una patria donde el trabajador no sea esclavo del patrón ni víctima del agitador, donde el campesino tenga tierra, y el empresario, responsabilidad. Donde la riqueza sirva al bien común, y no se confunda justicia con resentimiento.

El Estado fuerte: orden, jerarquía y nación

Frente al caos institucional, la anarquía parlamentaria y la impotencia de las democracias débiles, Calvo Sotelo fue un defensor convencido de un Estado fuerte, vertebrador y soberano. No concebía la libertad sin orden ni el progreso sin autoridad. Su admiración por ciertos modelos de Estado autoritario —como el corporativismo portugués de Salazar o la experiencia italiana en sus primeros años— no era por capricho ideológico, sino porque veía en ellos un intento de recuperar la autoridad del Estado frente a la disolución democrática y el chantaje revolucionario.

No se trataba de una dictadura caprichosa, sino de un Estado nacional que integrase los cuerpos intermedios, las corporaciones profesionales, la Iglesia, la familia y el Ejército como ejes vertebradores de la vida nacional. Su modelo no era ni socialista ni liberal: era hispánico, orgánico y patriótico.

En palabras suyas: 

España necesita un Estado fuerte, no por autoritarismo, sino por deber. El Estado que no ejerce autoridad, es cómplice del desorden. El poder que no defiende la nación, es indigno de ejercerla.

Su visión incluía la supresión del caciquismo parlamentario, la limitación de los partidos como estructuras clientelares, la dignificación del funcionariado, y un ejército que no fuera ni deliberante ni sometido al vaivén ideológico, sino garante del orden constitucional  y de la unidad nacional.

En un texto poco citado, Calvo Sotelo afirmaba que el Estado debía ser "como un padre justo y fuerte, no como un contable de estadísticas ni un árbitro impotente". Su proyecto era profundamente regenerador: un Estado que educara, disciplinara y diera sentido a la vida nacional, no un mero administrador de crisis.

Una España que pudo ser… y no fue

El pensamiento político de José Calvo Sotelo no es el de un doctrinario ni el de un improvisador. Es el de un hombre de Estado con una visión clara del mundo y del país. Su idea de soberanía, justicia social y Estado fuerte no era una utopía, sino un proyecto concreto, posible, fundado en la tradición española y en la experiencia histórica.

Su drama fue haber nacido en una época en que la demagogia, el sectarismo y la violencia se impusieron a la razón política. Pero su legado, aunque silenciado, sigue siendo vigente. Hoy, cuando la soberanía nacional está amenazada por la cesión a organismos supranacionales, cuando la justicia social es bandera de demagogos y el Estado se convierte en un aparato al servicio de ideologías ajenas a nuestra tradición, la figura de Calvo Sotelo vuelve a iluminar un camino distinto: el de la patria, el orden y el bien común.

No fue escuchado. Pero fue claro. Y fue fiel. La España que él soñó era una España unida, justa y fuerte. Una España que pudo ser.

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