
La izquierda aplaude lo que desprecia: Mamdani, el exotismo islamista y el ridículo del socialismo español
La opinión de Javier García Isac de hoy, martes 13 de enero de 2026
La izquierda vive de símbolos. De gestos. De escenografías. De performances. Y cuando no tiene gestión que exhibir, se inventa referentes. Así ha ocurrido con Zohran Mamdani, presentado por la izquierda mediática como “el nuevo alcalde de Nueva York”, el que cambiará la ciudad, y es posible que en esto acierten, pero no necesariamente para mejor. Mamdani es un joven asambleísta estatal, nacido en Uganda y de confesión musulmana, que se ha convertido en el último fetiche ideológico del progresismo global.
La ignorancia —esa que el socialismo español eleva a categoría moral— ha hecho el resto.
Mamdani, en uno de esos gestos pensados para el titular fácil, jura su cargo sobre el Corán y en el Metro. La izquierda aplaude. Ovación cerrada. Editoriales rendidas. Ministros españoles extasiados. ¿Qué ha cambiado? Nada, salvo el protagonista. Porque cuando en España un político católico jura su cargo sobre la Biblia, la izquierda se burla, insulta y criminaliza. Clericalismo, dicen. Retroceso, gritan. Pero si el juramento es sobre el Corán, entonces es diversidad, respeto, modernidad.
La hipocresía progresista es infinita.
Un islamismo blanqueado y una cultura propia despreciada
Conviene decirlo claro, aunque incomode: el islam político es incompatible con la cultura occidental, con la igualdad real entre hombres y mujeres, con la libertad religiosa y con el Estado de Derecho. No es una opinión, es un hecho avalado por la realidad de los países donde la ley islámica condiciona la vida pública.
Y aun así, la izquierda europea y española —atea militante, perseguidora del cristianismo— se muestra sorprendentemente comprensiva con una religión cuyos preceptos son mucho más estrictos y excluyentes que los del catolicismo al que combaten sin descanso.
No es tolerancia. Es odio a lo propio.
Sánchez, Puente y Díaz: copiar sin entender
El espectáculo roza lo grotesco cuando vemos a ministros del Gobierno español imitando el estilo comunicativo de Mamdani, creyendo que la política es un vídeo en redes y un guiño identitario. Óscar Puente se sube al carro con entusiasmo adolescente. Yolanda Díaz asiente, sin comprender. Y Pedro Sánchez observa, convencido de que cualquier gesto “alternativo” suma.
El ridículo es mayúsculo cuando algunos socialistas españoles llegan incluso a afirmar que Mamdani “echará a Donald Trump de la Casa Blanca”. Conviene recordar dos detalles que parecen obvios para cualquiera mínimamente informado:
Donald Trump no puede presentarse de nuevo, este sería su segundo mandato.
Mamdani no puede ser presidente de Estados Unidos, porque nació en Uganda, fuera del territorio estadounidense. La Constitución lo impide.
Pero pedir conocimiento básico al socialismo español es pedir demasiado.
El teatro de la izquierda: casas, metros y mentiras
Todo es teatro. Todo es fachada. Todo es mentira.
Ahí está el ejemplo de Pilar Alegría, que cuando le convino no enseñaba su vivienda en Madrid, pero más tarde mostraba una modesta casa aragonesa para vender cercanía. Ahora que tanto gusta exhibirse, sería razonable pedirle a Óscar Puente que enseñe su piso de lujo cerca del Congreso, con alquileres que rondan los 7.000 euros mensuales, cifras que ningún ciudadano medio podría permitirse, excepto si eres socialista y perteneces al núcleo más íntimo de Sánchez y del PSOE.
Pero eso no toca. Eso no interesa. El socialismo predica austeridad y vive en el lujo; señala al católico y blanquea al islamismo; presume de igualdad mientras protege doctrinas profundamente desiguales.
Performance para analfabetos cívicos
El caso Mamdani no es un fenómeno político: es un síntoma. El síntoma de una izquierda que detesta su propia civilización, que odia la cultura española y que se agarra a cualquier símbolo exótico con tal de seguir negando sus raíces.
Todo en el PSOE es farsa. Todo es puesta en escena. Todo es engaño, diseñado para un ciudadano cada vez más inculto y políticamente analfabeto, o al menos eso creen ellos.
La realidad, como siempre, terminará por imponerse. Y lo hará sin aplausos, sin metros y sin coranes oportunistas.
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