Logo edatv.news
Logo twitter
Ilustración dividida en dos mitades que contrasta la justicia representada por una balanza dorada sobre un libro con la palabra LEY frente a la violencia y la corrupción mostradas con un soldado armado entre fuego y destrucción dinero apilado y un hombre tras las rejas
OPINIÓN

La hora de los patriotas: una alianza moral contra narcoautoritarismo

Por José Rivela Rivela (el cronista apartado)


Hay momentos en los que la política deja de ser una administración de matices y se convierte en una elección moral. No porque desaparezcan las complejidades —que no desaparecen nunca—, sino porque la línea que separa el bien del mal se vuelve visible incluso para los ciegos voluntarios. La narco-dictadura venezolana ha cruzado esa línea hace tiempo: asesinatos selectivos, represión sistemática, saqueo de recursos, encarcelamiento de disidentes y una economía criminal que ha colonizado el Estado. Ante ese panorama, las democracias no pueden esconderse tras el lenguaje tibio de la “preocupación” ni las derechas patrióticas diluirse en un centrismo impotente. Es la hora de nombrar las cosas por su nombre y de elegir bando.

En ese contexto, la posición de Santiago Abascal no es una extravagancia ideológica, sino una coherencia estratégica. Abascal entiende —y actúa en consecuencia— que la batalla decisiva de nuestro tiempo no es solo económica o cultural, sino civilizatoria: democracia frente a tiranía; Estado de derecho frente a crimen organizado; soberanía nacional frente a redes transnacionales que trafican con drogas, corrupción y propaganda. Su alineamiento con Javier Milei y Donald Trump no responde a una foto coyuntural, sino a una lectura lúcida del tablero iberoamericano y atlántico.

Porque lo que ocurre en Venezuela no es un accidente local, sino el laboratorio de un autoritarismo de izquierda que se ha exportado con éxito gracias a una red de complicidades políticas, financieras y mediáticas. El Grupo de Puebla ha servido de paraguas intelectual y logístico a ese proyecto, blanqueando regímenes criminales con un vocabulario de derechos humanos selectivos y soberanías a la carta. A esa cobertura se suma la penetración del clan de los Soles, una estructura narco-militar que no solo controla rutas y puertos, sino que ha infiltrado partidos, gobiernos y movimientos sociales en la Iberosfera. Negarlo es ingenuidad; callarlo, complicidad.

Frente a esa malla oscura, la respuesta no puede ser el relativismo. Las democracias tienen derecho —y deber— a defenderse. Estados Unidos, con todas sus imperfecciones, es una democracia que no puede permitirse normalizar, en su vecindario estratégico, una dictadura criminal que exporta violencia y miseria. Intervenir —en sentido amplio, inteligente y proporcional— no es imperialismo; es responsabilidad. La intervención del siglo XXI no se reduce a tropas: incluye sanciones quirúrgicas contra élites, aislamiento financiero de redes criminales, protección internacional a perseguidos, apoyo a fuerzas democráticas y, si todo falla, la disuasión creíble del uso de la fuerza. La alternativa —mirar hacia otro lado— no es paz, es abandono.

Aquí es donde la sintonía Abascal-Milei-Trump adquiere su verdadero sentido. Milei ha desenmascarado, desde la presidencia argentina, la retórica socialista que empobrece y somete; Trump, con su estilo discutido pero eficaz, demostró que la presión sostenida contra regímenes hostiles puede cambiar equilibrios; Abascal ha llevado esa claridad a España, recordando que la neutralidad ante el mal organizado erosiona la democracia desde dentro. No es una alianza de formas, sino de principios: ley frente a impunidad, nación frente a cartel, libertad frente a propaganda.

José Rivela Rivela

➡️ España ➡️ Opinión

Más noticias: