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Odiar a Vox como sea: la consigna que repiten Génova, Ferraz y sus terminales mediáticas

Odiar a Vox como sea: la consigna que repiten Génova, Ferraz y sus terminales mediáticas
La opinión de Javier García Isac
porJavier Garcia Isac
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La opinión de Javier García Isac de hoy, viernes 9 de enero de 2026

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La reacción histérica de la prensa del régimen tras el gran resultado de Vox en Extremadura no es fruto del análisis ni del periodismo, sino del pánico. Pánico a perder el control del relato. Pánico a que el bipartidismo, sostenido durante décadas por una red de medios obedientes, empiece a resquebrajarse. Pánico, en definitiva, a Vox.

Lo que hemos visto estos días no es información, es propaganda. No es pluralidad, es consigna. Da igual abrir un diario supuestamente progresista o uno que presume de “centro moderado”: el discurso es idéntico, calcado, repetitivo. Cambian las firmas, no el mensaje. Todos atacan a Vox. Todos criminalizan a Santiago Abascal. Todos repiten, sin rubor, el argumentario que les llega desde Génova 13 y Ferraz.

La razón es sencilla: Vox ha vuelto a demostrar que crece a pesar de los ataques, no gracias a ellos. Crece porque conecta con una España real, harta de corrupción, de mentiras, de ingeniería social y de un consenso artificial que ya no convence a nadie. Y eso es exactamente lo que más teme la prensa del régimen: perder su capacidad de marcar quién es aceptable y quién no.

Da igual lo que haga Vox. Si entra en gobiernos, se le acusa de “radicalizar” las instituciones; si no entra, de “escaquearse” y de no querer asumir responsabilidades. Si propone medidas que no son competencia autonómica, se le llama ignorante; si las medidas sí lo son, se las califica de “extremas”. El veredicto siempre es condenatorio, porque el juicio está decidido de antemano.

Mientras tanto, el PSOE —asediado por escándalos de corrupción, nepotismo y abusos— recibe un trato condescendiente, cuando no directamente protector. Y el Partido Popular, instalado en la indefinición permanente, es presentado como “única alternativa de Estado” pese a su falta de proyecto y a sus continuos bandazos. El enemigo, siempre, es Vox.

El caso de Extremadura es paradigmático. Durante la campaña se auguraba el hundimiento de Vox, se le atacaba sin descanso y se intentaba instalar la idea de voto útil para frenarle. El resultado ha sido justo el contrario: Vox sale reforzado y el bipartidismo, tocado. Y eso dispara las alarmas en las redacciones.

La soberbia del Partido Popular ha quedado de nuevo en evidencia. Adelantos electorales calculados desde el tacticismo más burdo, decisiones pensadas para perjudicar a Vox y no para servir a los ciudadanos, y una confianza ciega en que la maquinaria mediática haría el trabajo sucio. La jugada les ha salido mal. Muy mal.

Y lo que viene ahora conviene decirlo alto y claro: esta ofensiva mediática solo acaba de empezar. A medida que se acerquen nuevas citas electorales y se confirme que Vox puede tener un papel determinante en Aragón y Castilla y León, los ataques se van a multiplicar. Más bulos, más montajes, más titulares manipulados, más tertulias diseñadas para insultar y señalar.

No son errores, son métodos. No es mala praxis, es estrategia. Las llamadas “terminales mediáticas” del bipartidismo actúan como sicarios informativos, fabricando una realidad paralela en la que el único problema de España se llama Vox. Ni la deuda, ni la inseguridad, ni la inmigración ilegal, ni el desguace institucional: Vox.

Lo más obsceno de todo es que estos medios presumen de ser “fiables”, de ejercer un periodismo “riguroso” y de defender la democracia. La realidad es que han abandonado hace tiempo cualquier atisbo de honestidad profesional para convertirse en instrumentos del poder. Por eso ya no convencen. Por eso cada vez más españoles desconectan de sus relatos y buscan otras fuentes. Por eso Vox crece.

Que no haya dudas: si hoy la prensa odia a Vox con tanta saña es porque Vox representa una amenaza real al sistema que les alimenta. Y cuanto más evidente es su miedo, más claro queda que el cambio político ya no es una hipótesis lejana, sino una posibilidad cada vez más cercana.


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