“Lo importante es echar a Pedro Sánchez”. Y a partir de ahí, poco más. Como si el problema de España fuera exclusivamente un nombre propio, una persona concreta, y no un sistema político corrupto, agotado y perfectamente engrasado que va mucho más allá del inquilino circunstancial de La Moncloa.
Ese discurso, tan cómodo como irresponsable, es el que vuelve a abrazar con entusiasmo el Partido Popular. Un partido que sigue sin querer—o sin poder—entender que España ya no está en el escenario político de los años 90, que el malestar social no se arregla con marketing electoral, ni con sonrisas de gestor moderado, ni con promesas vagas de “normalidad institucional”.
El miedo a Vox como excusa y como coartada moral
Resulta llamativo—por no decir obsceno—cómo ciertos sectores se lanzan a descalificar a Vox con argumentos que se derrumban por sí solos. Dicen que Vox “no sabe gobernar”. Dicen que “no quiere gobernar”. Dicen que es un partido “inestable” porque han salido de él figuras como Iván Espinosa de los Monteros o Macarena Olona.
Y cuando se les pregunta algo elemental—¿usted ha votado alguna vez a Vox?—la respuesta suele ser demoledora: no. Nunca. Jamás.
Es decir: lamentan la salida de dirigentes a los que nunca votaron, y lo hacen, además, desde la comodidad del voto sistemático al Partido Popular. Un ejercicio de hipocresía política que ya no engaña a nadie.
Vox no se vota por nombres: se vota por ruptura
Aquí hay una verdad que incomoda profundamente al PP y a su ecosistema mediático: Vox no es un partido personalista, ni depende de apellidos concretos, ni basa su fuerza en el culto a determinadas figuras. Vox surge, crece y se consolida porque representa una ruptura con el consenso podrido del bipartidismo, no porque tenga portavoces más o menos brillantes.
Quien vota a Vox no lo hace por Espinosa de los Monteros, ni por Olona, ni por nadie en particular. Lo hace porque está harto. Harto de inseguridad, de inmigración ilegal descontrolada, de impuestos asfixiantes, de barrios abandonados, de leyes ideológicas, de mentiras oficiales y de una clase política que vive completamente desconectada de la vida real.
El precedente Rajoy: cuando echar al PSOE no sirvió de nada
Conviene recordar—porque algunos padecen una amnesia interesada—qué ocurrió la última vez que el PP llegó al poder tras un Gobierno socialista. Mariano Rajoy no derogó ni una sola de las grandes leyes ideológicas impulsadas por José Luis Rodríguez Zapatero.
Ni una.
Ni memoria histórica.
Ni ingeniería social.
Ni desmantelamiento institucional.
Gobernó como si nada de aquello existiera, consolidando con su inacción todo lo que decía criticar en campaña. Ese es el antecedente real, no una teoría conspirativa.







