El Gobierno de Pedro Sánchez ha alcanzado cotas de incapacidad y descomposición que ni los más pesimistas podían prever. A día de hoy, no solo no es capaz de gobernar con un mínimo de eficacia o coherencia institucional, sino que ni siquiera puede presentar unos Presupuestos Generales del Estado. Y no hablamos ya de aprobarlos, algo que requeriría una mínima estabilidad política y una base parlamentaria sólida, sino simplemente de presentarlos. Un fracaso absoluto. Un síntoma evidente de que este Gobierno ha dejado de gobernar para dedicarse en exclusiva a su propia supervivencia.
Sánchez no gobierna: regatea, soborna, se arrodilla y reparte privilegios a una amalgama de socios que lo desprecian, pero que le mantienen en el poder mientras saquean el Estado. Lo que debería ser la herramienta fundamental de la acción de gobierno –los presupuestos– se ha convertido en una misión imposible, porque ni siquiera hay consenso entre las tribus que componen esta farsa. ¿Cómo van a acordar nada si cada socio tiene intereses diametralmente opuestos? ¿Cómo van a pactar partidas económicas si lo único que buscan es su propio beneficio territorial, ideológico o partidista?
Sánchez está preso de una coalición Frankenstein formada por golpistas catalanes, filoterroristas vascos, comunistas sin escrúpulos y una izquierda radical que desprecia a España y a sus instituciones. Cada uno con su agenda, con su exigencia, con su amenaza. Y mientras tanto, un PSOE irreconocible, convertido en una secta al servicio de un solo hombre, silente y cobarde, viendo cómo se destruyen los fundamentos de la democracia sin decir ni una palabra. Lo importante es el poder. El país puede esperar. La ruina también.
Lo de los presupuestos no es una anécdota. Es la prueba de que el régimen de Sánchez se sostiene sobre la mentira, el chantaje y la propaganda. Cada día que pasa sin cuentas públicas es un día más de inestabilidad, de parálisis, de improvisación. No hay modelo económico, no hay visión de Estado, no hay responsabilidad con los ciudadanos. Todo se subordina a la supervivencia política del líder. Un líder que no duda en humillarse ante Puigdemont, en legitimar a Bildu, en comprar el silencio de ERC o en financiar a sus socios con dinero público mientras la clase media se asfixia.







