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Hombre de mediana edad con barba y cabello corto sentado en un escaño de madera en un entorno parlamentario
OPINIÓN

De la gloria al barro: el ocaso de José Luis Ábalos

El que hizo presidente a Pedro Sánchez y al que Pedro Sánchez le entregó todo… hasta que dejó de ser útil

Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que José Luis Ábalos era el hombre fuerte del régimen sanchista. El fontanero mayor del Reino. El ejecutor. El que tenía las llaves del coche oficial, del BOE, de Ferraz, de la Moncloa y de las cloacas. El que hizo presidente a Pedro Sánchez y al que Pedro Sánchez le entregó todo… hasta que dejó de ser útil.

Un día como hoy, pero del año 2019, Ábalos celebraba su cumpleaños rodeado de todo el poder político del Gobierno socialcomunista. Pedro Sánchez, María Jesús Montero, Félix Bolaños, Fernando Grande-Marlaska y el inseparable Koldo García brindaban con él, reían con él, comían con él, en un restaurante propiedad —casualidad, dicen ahora— de Víctor de Aldama.

Hombre de mediana edad con barba canosa saliendo de un coche vestido con traje oscuro y corbata azul

Hoy, ese mismo Ábalos, celebra su cumpleaños en prisión.
Ayer era intocable.
Hoy, es prescindible.
Ayer, era poder.
Hoy, es estorbo.

Y entre una foto y otra, se construye toda la verdad del sanchismo.

La foto que lo retrata todo

El vídeo que corrió  como la pólvora por redes sociales en su momento, no dejaba margen a la interpretación: una celebración íntima, relajada, festiva, organizada para el entonces todopoderoso ministro y mano derecha de Sánchez  Allí estaba el propio Pedro Sánchez, sonriente. Allí está la vicepresidente Montero, distendida. Allí aparece Grande-Marlaska, despreocupado. Bolaños integrado en la fiesta. Y, cómo no, Koldo, ya entonces pegado a Ábalos como una sombra.

No faltaba nadie.
Porque cuando el poder sonríe, siempre se presenta completo.

Y según relató la propia Carolina  Perles, ex mujer de Ábalos, en su entrevista en Telecinco, fue el propio Aldama quien pasó el teléfono a Ábalos para que hablara con Delcy Rodríguez, la vicepresidente venezolana. Una llamada de felicitación. Un detalle. Un gesto “sin importancia”. Un mes y medio antes del escándalo de Barajas.

Hombre de traje con corbata a rayas verdes y azules, de cabello corto y barba, acompañado por un policía uniformado al fondo.

Todo encaja.
Todo encajaba.
Todo se entendía, hasta que dejó de convenir.

Del hombre poderoso al apestado del sistema

Ábalos fue el símbolo del sanchismo en su versión más cruda:
— La fontanería.
— Los pactos oscuros.
— El poder sin moral.
— La lealtad comprada.
— Las redes de colocaciones.
— Los viajes.
— Las llamadas.
— Los silencios.

Fue el ministro que sostuvo la moción de censura, el que negoció con Bildu, el que operó con el separatismo, el que allanó el camino para el asalto al poder. Ábalos fue el arquitecto en la sombra del primer Sanchismo.

Y hoy, es un cadáver político al que todos desprecian.

Pedro Sánchez ya no sabe quién es.
María Jesús Montero no recuerda haberlo tratado.
Bolaños habla de “mentiras absolutas”.
Grande-Marlaska jura no conocer a Aldama “ni de vista”.

Todos niegan.
Todos borran.
Todos reniegan.

Exactamente el mismo patrón de siempre:
cuando el sistema se ve acorralado, sacrifica al peón, quema al alfil y protege al rey.

El arte socialista de borrar el pasado

Pedro Sánchez ha llegado a llamar a Aldama “personaje” y “presunto delincuente”, con el cinismo habitual del que cree que una frase basta para borrar una foto, un vídeo, una comida, una llamada, una relación.

Pero el problema no es Aldama.
El problema es quién se sentaba con Aldama.
Quién brindaba con Aldama.
Quién comía con Aldama.
Quién se dejaba presentar llamadas de Delcy Rodríguez a través de Aldama.

Y esos nombres siguen sentados en el Consejo de Ministros.

Ábalos ha pasado de ser “compañero” a ser “desconocido”.
De “leal” a “prescindible”.
De “imprescindible” a “basura política”.

Así funciona el poder socialista:
te usa, te exprime, te consume, y luego te entrega.

El sanchismo nunca cae solo: empuja a los suyos

Ábalos no está solo en el banquillo de los olvidados. A su lado han ido cayendo muchos otros. Pero él simboliza como nadie la traición interna, el abandono, el sacrificio ritual del chivo expiatorio.

Pedro Sánchez nunca se equivoca.
Los que se equivocan son siempre los demás.
Los que “no eran de su equipo”.
Los que “no conocía”.
Los que “le engañaron”.

Pero sin Ábalos, Sánchez no sería presidente.
Sin Koldo, Ábalos no habría sido lo que fue.
Sin Aldama, muchas piezas no encajarían.

Y aun así, Sánchez sigue intacto.

Del brindis al calabozo

La imagen de aquel cumpleaños de 2019 es hoy un retrato moral del régimen: risas, copas, poder, soberbia, impunidad.
La imagen de hoy es la contraria: soledad, abandono, silencio, cárcel.

Ese es el viaje de José Luis Ábalos.
Del centro del sistema, al vertedero del sistema.
Del abrazo presidencial, al olvido calculado.
De la gloria socialista, al barro judicial.

Y mientras tanto, los que brindaban con él gobiernan España como si nada hubiera pasado.

Porque en el sanchismo no dimite el jefe.
Siempre paga el soldado.

El precio de servir al sanchismo

Ábalos creyó que su lealtad le garantizaba protección.
Que su silencio le aseguraba futuro.
Que su obediencia tenía premio.

Pero el sanchismo sólo tiene una ley:
nadie es imprescindible excepto Sánchez.

Hoy, José Luis Ábalos, está en la cárcel, y posiblemente pase varios años en soledad política y judicial.
La misma soledad que mañana sentirán otros.

Porque el poder socialista no tiene amigos.
Sólo tiene utilizados, y después olvidados.

Javier García Isac 
 

➡️ España ➡️ Opinión

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