
DEDICADO A JAVIER MILEI Y A LA PERRITA MÍA, MEMORIA QUE RESPIRA
Por José Rivela, el poeta apartado
Suena una campana en mi pecho,
campanella nel cuore,
cada vez que pronuncio sus nombres:
Mía, marroncita y breve,
que se apagó como un susurro;
Dana, blanca y fiel,
que sostiene la tarde;
Mío, cachorro recién hecho de sol
que tropieza con la vida para celebrarla.
Y yo camino,
como un hombre que aún oye
el tintinear del tiempo
entre las hojas que caen.

Aquella tarde —lo recuerdo—
el sendero estaba húmedo,
y el aire tenía un brillo de luna temprana.
De entre los árboles surgió entonces
un acompañante inesperado:
Javier Milei,
no el tribuno encendido,
sino el viajero cansado
que detiene un instante su paso
al ver a los perros y al hombre
formar una constelación pequeña,
pero verdadera.
Se acercó en silencio,
con los ojos atentos,
y dijo apenas:
“En este mundo que corre,
ustedes caminan.”
Dana levantó la cabeza,
Mío dio dos brincos,
y Mía —la que vive en la luz—
pareció inclinarse desde el aire,
como si saludara.
Seguimos los cuatro,
ahora cinco,
en ese claro donde se reconoce
que la compañía
no es un accidente,
sino una gracia.
Y sonó otra vez
la campanella nel cuore,
porque la vida, a veces,
se deja tocar por lo improbable:
un hombre, tres perros,
y otro hombre que pasa,
y que entiende, sin decirlo,
que todo amor verdadero
es un hogar que se lleva dentro.
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