Suena una campana en mi pecho,
campanella nel cuore,
cada vez que pronuncio sus nombres:
Mía, marroncita y breve,
que se apagó como un susurro;
Dana, blanca y fiel,
que sostiene la tarde;
Mío, cachorro recién hecho de sol
que tropieza con la vida para celebrarla.
Y yo camino,
como un hombre que aún oye
el tintinear del tiempo
entre las hojas que caen.

Aquella tarde —lo recuerdo—
el sendero estaba húmedo,
y el aire tenía un brillo de luna temprana.
De entre los árboles surgió entonces
un acompañante inesperado:
Javier Milei,
no el tribuno encendido,
sino el viajero cansado
que detiene un instante su paso
al ver a los perros y al hombre
formar una constelación pequeña,
pero verdadera.







