La traición permanente desde 1982
Todo comenzó con la infame apertura de la verja durante el gobierno de Felipe González. Aquel gesto, presentado como “normalización”, fue en realidad una rendición simbólica y práctica. Desde entonces, todos los gobiernos —sin excepción, incluidos los del Partido Popular— han optado por mirar hacia otro lado mientras se consolidaba una anomalía histórica: una colonia británica en suelo español, utilizada para blanquear dinero, contrabandear tabaco y acoger negocios que serían ilegales en cualquier rincón de España.
Pero lo acordado hoy va mucho más allá. Este nuevo pacto, auspiciado por una Unión Europea que presume de perseguir paraísos fiscales, consagra la legalidad de un territorio que escapa al control español en todos los sentidos, pero que arrastra a más de 15.000 españoles a depender de él para sobrevivir, ante la incapacidad del Estado español de ofrecerles oportunidades laborales en su propio país.
Un paraíso fiscal bendecido por Bruselas y por Moncloa
La Unión Europea, en su hipocresía sin fronteras, no tiene reparo en permitir que Gibraltar funcione como un auténtico santuario para las grandes fortunas, mientras a los ciudadanos medios los estrangula a impuestos, regulaciones y sanciones. Lo que se ha firmado blinda el estatus de paraíso fiscal del Peñón, entregándole aún más capacidad operativa y legitimidad en el marco europeo, mientras España asume el coste político, económico y social.
Una bajada de pantalones histórica. Una nueva entrega de nuestra soberanía que se suma a muchas otras. Porque este gobierno traidor —como lo fue también el de Zapatero y casi en la misma medida los de Rajoy o González— no cree en la nación española. La considera una incomodidad, un obstáculo para su proyecto de disolución nacional al servicio de intereses globalistas.
Ceuta, Melilla y Canarias, ¿los próximos?
Hoy ha sido Gibraltar. Mañana pueden ser Ceuta, Melilla o incluso Canarias. Porque cuando un gobierno no defiende lo suyo, cuando acepta humillación tras humillación, cuando renuncia al deber sagrado de proteger su integridad territorial, todo es posible. El mismo gobierno que se rinde ante Londres, ¿qué hará cuando Rabat reclame lo que no le pertenece?
Y no, no exageramos. Quien hoy se arrodilla ante el Reino Unido, mañana cederá, aún más, ante Marruecos. Porque la traición no es una excepción en esta legislatura: es su norma fundacional.