
El precio de agradar a Washington: la Corona, Gibraltar y la renuncia permanente
La opinión de Javier García Isac de hoy, viernes 6 de febrero de 2026
Durante años se nos vendió el mito: el rey árbitro, el rey garante, el rey imprescindible. La reciente entrevista a Charles Powell, director del Real Instituto Elcano, desmonta ese relato con documentos, fechas y conversaciones oficiales. No es una opinión: es archivo. Y lo que revelan esos papeles es grave. Muy grave.
Porque si algo queda claro es que Juan Carlos I estuvo más interesado en congraciarse con Estados Unidos y el Reino Unido que en ejercer como Rey de España. Y ese cálculo —esa realpolitik— tuvo costes concretos y permanentes: el Sáhara, Gibraltar, Ceuta y Melilla, y la propia dignidad de la Nación.
El Sáhara: la primera renuncia
La primera gran decisión internacional del nuevo Rey fue entregar el Sáhara en los estertores del franquismo. Powell lo admite sin ambages: primó evitar un choque con Marruecos y, sobre todo, contentar a Washington. Se habló con Kissinger, se habló con París. ¿Y España? España quedó relegada.
No fue una retirada ordenada; fue un abandono. Se traicionó a una población a la que se había prometido un referéndum y se inauguró una doctrina peligrosa: ceder soberanía para comprar estabilidad. Aquella cesión abrió la puerta a un chantaje permanente de Rabat que llega hasta hoy. Y sí: fue una traición al legado de Franco, que había sostenido la integridad territorial como principio no negociable.
Gibraltar: “no lo queremos de verdad”
El episodio más demoledor es, sin duda, Gibraltar. Powell documenta que Juan Carlos I trasladó directamente a Londres que España no quería realmente el Peñón. Que había que fingir de cara a la opinión pública mientras se despejaba el camino para entrar en la CEE. “Contentar a la opinión pública” sin poner en peligro “el objetivo fundamental”.
Traducido: renunciar a Gibraltar para que Bruselas abriera la puerta. No fue incapacidad; fue decisión. No fue silencio; fue mensaje explícito. Y así se explica que Gibraltar siga siendo hoy un enclave colonial anacrónico, protegido por la cesión española y la comodidad británica.
Ceuta y Melilla: el miedo como política
Los documentos citados por Powell muestran algo todavía más inquietante: la sola contemplación de entregar Melilla en conversaciones privadas. Aunque luego se matice, el daño está hecho. Un Rey que teme ofender a Hasán II no visita Ceuta y Melilla durante décadas. Y cuando se cumplen cinco siglos de su españolidad, se niega a acudir.
Ese vacío no fue casual: fue cálculo. Y el cálculo fue siempre el mismo: no incomodar a Marruecos, no incomodar a Washington, no incomodar a Londres.
El legado roto y el presente decepcionante
Ese legado de renuncia y diplomacia acomplejada no se corrigió. Se heredó. Y ahí entra Felipe VI. Sus discursos recientes —navideños, institucionales— han sido decepcionantes, cuando no blanqueadores de un régimen socialista que coloniza las instituciones, negocia la soberanía por conveniencia y utiliza la Corona como coartada.
Felipe VI ha optado por la neutralidad sumisa, que no es neutralidad: es connivencia. Cuando el sanchismo pacta con quienes cuestionan la Nación, el Rey calla. Cuando se diluye Gibraltar, el Rey modula. Cuando Ceuta y Melilla vuelven a ser moneda de cambio, el Rey se ausenta.
Una Corona sin Nación
Powell intenta justificarlo todo bajo la palabra mágica: realpolitik. Pero hay una línea que separa el pragmatismo de la renuncia permanente. Y esa línea se cruzó hace tiempo.
España no perdió Gibraltar por falta de fuerza; lo perdió por falta de voluntad. No abandonó el Sáhara por imposibilidad; lo abandonó por conveniencia. Y hoy paga ese peaje con fronteras débiles, socios insolentes y una Corona que parece más preocupada por no molestar que por defender.
La Historia juzgará. Pero los documentos ya hablan. Y dicen algo incómodo: cuando había que elegir entre España y el aplauso exterior, la elección fue clara.
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