Pero para entender mejor la magnitud este desastre, os lo explicaré con la filosofía de la Alienación Parental. Lo que está haciendo esta izquierda radical con España es el calco exacto, cruel y milimétrico de lo que una madre alienadora hace con su hijo para destruir la figura del padre.
En los juzgados de este país, he visto rostros de hombres rotos por la Ley Integral de Violencia de Género. Padres que acumulanveinte denuncias instrumentalizadas en dos años solo para ser borrados de la vida de sus hijos. La madre alienadora no ama al niño; ama el control sobre él y odia al padre. Su filosofía es aterradora: "Me da igual destruir a mi hijo, con tal de que no lo tenga su padre". Trasladen esa patología al plano político y verán la cara de Irene Montero: "Me da igual destruir España y a los españoles, con tal de que no gobierne la derecha". Prefieren un estercolero cultural, una nación fracturada y sin identidad, antes que ver un país próspero gestionado por quienes no comulgan con su catecismo progre.
La sustitución cultural es el objetivo. Siempre lo fue. Y la siembra de odio es la herramienta. Ya en 1936, sus antecesores buscaban lo mismo, esa sustitución mediante el paseo y el asesinato; hoy, noventa años después, lo hacen ya mediante la importación sistemática de inseguridad y la demolición de la convivencia. Solo en las últimas horas, España ha asistido a escenas que parecen sacadas de una distopía tercermundista: un individuo encaramado al techo de un avión en Manises, paralizando el tráfico aéreo durante horas, ante la impotencia de las autoridades; otro sujeto sembrando el terror sobre el capó de un coche en plena Gran Vía de Madrid; y el horror absoluto en Sevilla la Nueva, con un aparente ajuste de cuentas entre magrebís, que se saldó con una mujer con la mandíbula rota y el 40% del cuerpo quemado y que fue atacada en su domicilio junto a su marido y su bebé.
Esto es lo que estamos importando bajo el eufemismo de la "diversidad". Mientras Irene Montero recoge "lágrimas de facha" en un bote de cristal, las calles de España se llenan de un tipo de violencia que nuestra sociedad no había vivido nunca. Es el efecto llamada. No vienen a integrarse en una nación de ciudadanos libres; vienen a formar parte de una masa de supuestos votantes cautivos a los que se les regala la nacionalidad a cambio de fidelidad al régimen. Cosa que por supuesto no va a pasar. Pues como ya he dicho en otros artículos, esta gente fundará sus propios partidos musulmanes y eliminará la izquierda de arcoíris y elles que tanto les asquea y que ahora simplemente usan a su beneficio temporal.
El plan de Montero es tan transparente como perverso: quiere un país "limpio de fachas". Y, en efecto, lo va a conseguir, pero no por la vía de la convicción, sino por la del exilio exterior. Entendiendo por "facha", a todo aquel que se ducha a diario, trabaja, lee algún libro de vez en cuando, respeta la ley y no vive de una subvención o chiringuito. A todos aquellos que nos negamos a ser cómplices de la demolición de nuestro hogar común. Nos están obligando a irnos, a huir de este estercolero en el que pretenden convertir el país, para que el hijo alienado, España, se quede a solas con la madre maltratadora que lo ha dejado huérfano de identidad.