Han pasado cuatro meses desde que el pasadomes de octubre, visitara Pamplonacon motivo de hacer una charla acerca de denuncias instrumentalizadas y alienación parental. Aquello me confirmó algo que muchos se niegan a ver: que España ya no se gobierna, se desmantela. Lo que allí ocurrió, el asedio ideológico que viví, la censura de instituciones que me vetaron por no "ajustarme a sus objetivos" y el drama de padres triturados por denuncias instrumentalizadas, no era una anécdota local. Era el preámbulo de esta realidad actual, donde la izquierda radical ha decidido que, si no pueden convencer a los españoles, lo mejor es, sencillamente, sustituirlos por otra raza.
Irene Montero y el gobierno de Pedro Sánchez, en un ejercicio de nacismo, han dejado de esconderse. Su última proclama, instando a los inmigrantes a votar a su formación en agradecimiento por la regularización masiva de sus familiares recién llegados y prometiendo futuras nacionalidades a la carta, es la firma de un Burofax de sustitución cultural. Es el clientelismo de frontera elevado a política.
Pero para entender mejor la magnitud este desastre, os lo explicaré con la filosofía de la Alienación Parental. Lo que está haciendo esta izquierda radical con España es el calco exacto, cruel y milimétrico de lo que una madre alienadora hace con su hijo para destruir la figura del padre.
En los juzgados de este país, he visto rostros de hombres rotos por la Ley Integral de Violencia de Género. Padres que acumulanveinte denuncias instrumentalizadas en dos años solo para ser borrados de la vida de sus hijos. La madre alienadora no ama al niño; ama el control sobre él y odia al padre. Su filosofía es aterradora: "Me da igual destruir a mi hijo, con tal de que no lo tenga su padre". Trasladen esa patología al plano político y verán la cara de Irene Montero: "Me da igual destruir España y a los españoles, con tal de que no gobierne la derecha". Prefieren un estercolero cultural, una nación fracturada y sin identidad, antes que ver un país próspero gestionado por quienes no comulgan con su catecismo progre.
La sustitución cultural es el objetivo. Siempre lo fue. Y la siembra de odio es la herramienta. Ya en 1936, sus antecesores buscaban lo mismo, esa sustitución mediante el paseo y el asesinato; hoy, noventa años después, lo hacen ya mediante la importación sistemática de inseguridad y la demolición de la convivencia. Solo en las últimas horas, España ha asistido a escenas que parecen sacadas de una distopía tercermundista: un individuo encaramado al techo de un avión en Manises, paralizando el tráfico aéreo durante horas, ante la impotencia de las autoridades; otro sujeto sembrando el terror sobre el capó de un coche en plena Gran Vía de Madrid; y el horror absoluto en Sevilla la Nueva, con un aparente ajuste de cuentas entre magrebís, que se saldó con una mujer con la mandíbula rota y el 40% del cuerpo quemado y que fue atacada en su domicilio junto a su marido y su bebé.
Esto es lo que estamos importando bajo el eufemismo de la "diversidad". Mientras Irene Montero recoge "lágrimas de facha" en un bote de cristal, las calles de España se llenan de un tipo de violencia que nuestra sociedad no había vivido nunca. Es el efecto llamada. No vienen a integrarse en una nación de ciudadanos libres; vienen a formar parte de una masa de supuestos votantes cautivos a los que se les regala la nacionalidad a cambio de fidelidad al régimen. Cosa que por supuesto no va a pasar. Pues como ya he dicho en otros artículos, esta gente fundará sus propios partidos musulmanes y eliminará la izquierda de arcoíris y elles que tanto les asquea y que ahora simplemente usan a su beneficio temporal.







