Ha muerto Frederick Forsyth, y con él se va una parte muy íntima de mi juventud, de mis primeras lecturas, de mi primer despertar literario y político. Se va el hombre que me hizo amar los libros, que me tendió la mano para abandonar los tebeos y adentrarme en un universo de conspiraciones, geopolítica, servicios de inteligencia, atentados, regímenes corruptos y asesinos a sueldo. Pero, sobre todo, se va el maestro que me enseñó, con la fuerza de la novela y la precisión del periodista, que los Estados, incluso los democráticos, son capaces de todo. Sí, de absolutamente todo.
Forsyth no fue solo un escritor. Fue un testigo privilegiado de su tiempo, un hombre que supo leer la realidad como pocos, y que tuvo el talento de convertir esa realidad en ficción, o en lo que nosotros creíamos que era ficción. Porque Forsyth escribía novelas, sí, pero novelas que olían a verdad, que estaban construidas con una documentación obsesiva, con un rigor casi periodístico, y con una capacidad de anticipación que ponía los pelos de punta.
El chacal, el zorro, el negociador… y el genio
Para muchos, El día del chacal fue la puerta de entrada a su mundo. Para mí también. Pero no fue la única. Luego vinieron Los perros de la guerra, El dossier Odessa, El cuarto protocolo, El manifiesto negro, El afgano, El negociador, El zorro, títulos inolvidables que marcan épocas, que reflejan tensiones reales, que nos hablaban de un mundo que parecía novela, hasta que comprobábamos que era la realidad misma la que inspiraba cada página.
No era casualidad. Forsyth fue piloto de la RAF, corresponsal de guerra en África, testigo de la guerra de Biafra, hombre de acción, analista profundo del comunismo, del terrorismo, del totalitarismo. Su vida fue igual de intensa y peligrosa que sus libros. Es más: muchas de sus novelas eran, en parte, autobiográficas. Porque Forsyth no necesitaba inventar: vivía.
Confesó en alguna ocasión que no disfrutaba escribiendo. Que para él era casi una tortura. Y sin embargo, su prosa es adictiva, limpia, directa, sin pretensiones de grandeza literaria, pero con una grandeza que muy pocos alcanzan: la de emocionar, enganchar, instruir y estremecer a millones de lectores en todo el mundo.
La grandeza de ser comprensible
Vivimos en un mundo donde se valora más al escritor incomprensible, al que se recrea en su jerga privada, al que requiere de tres diccionarios y un manual de paciencia para ser leído. Forsyth, no. Forsyth era claro, directo, honesto. De ahí su éxito. De ahí, también, que muchos “intelectuales” nunca le perdonaran su accesibilidad, su popularidad, su éxito masivo. En un mundo que desprecia lo comprensible, Forsyth era una anomalía. Un autor que no aburría. Un genio sin ínfulas.







