El 6 de noviembre de 1975 comenzó uno de los episodios más vergonzosos de nuestra historia contemporánea. Aquel día, Marruecos, alentado y protegido por Estados Unidos y Francia, lanzó sobre el Sáhara español la llamada Marcha Verde: una invasión civil masiva, organizada militarmente, con el objetivo de arrebatar a España su provincia número 53. Porque conviene recordarlo —aunque la historia oficial lo oculte—: el Sáhara no era una colonia, sino una provincia española. Sus habitantes tenían DNI español, votaban en elecciones municipales y sus hijos servían bajo la bandera rojigualda.
Mientras tanto, en Madrid, Francisco Franco agonizaba. Postrado en su lecho del hospital La Paz, consciente de que su vida se apagaba, dictó su última orden como Jefe del Estado:
“Defended el Sáhara. No cedáis a las presiones. Es una provincia española.”
Era su último mandato. Un testamento político y patriótico dirigido a un país que, pese a sus dificultades, seguía siendo dueño de su destino. Pero apenas unos días después, la primera orden del nuevo jefe del Estado, Juan Carlos de Borbón, fue exactamente la contraria: “Abandonad el Sáhara”.
Así comenzó la rendición.
Así se selló la traición.
La Marcha Verde: una operación planificada desde fuera
No fue una marcha “pacífica” como nos han querido vender. Fue una invasión política y demográfica, diseñada por el régimen marroquí con el beneplácito de Washington, interesada en controlar los fosfatos, la pesca y el uranio del territorio saharaui. Mientras Marruecos movilizaba a más de 350.000 personas y a su ejército, España, sumida en la agonía de Franco y el desconcierto del Gobierno Arias Navarro, permanecía paralizada.
El ejército español —con unos 20.000 hombres desplegados en la zona, bien armados y disciplinados— tenía órdenes de no disparar. Nuestros soldados, que habían jurado defender la bandera y la soberanía nacional, vieron impotentes cómo se les ordenaba retroceder, cómo se les prohibía responder, cómo se les forzaba a abandonar tierra española.
Esa fue la primera gran humillación de la nueva monarquía.
De la lealtad al abandono
Franco, con todos sus errores y aciertos, mantuvo la integridad de España hasta el último aliento. Nunca permitió que una potencia extranjera dictara nuestras fronteras ni nuestras decisiones. Su última orden fue clara: defender el Sáhara. Y lo hizo en coherencia con su vida entera, con su juramento de soldado y con su idea de España como unidad sagrada e indivisible.
Pero Juan Carlos I, apenas unas horas después de asumir el poder, hizo exactamente lo contrario. Envió al general Gómez de Salazar la orden de retirada.
Y así, el nuevo régimen que se presentaba como la “monarquía de todos los españoles” comenzó su andadura con una rendición y una traición.
El abandono del Sáhara fue la primera gran claudicación de la Corona ante los intereses extranjeros y ante el chantaje de Marruecos. Se renunció a una provincia que era tan española como Cádiz o Almería, dejando a miles de compatriotas y saharauis leales a su suerte, a merced del ejército marroquí y del exilio.
Los Acuerdos de Madrid: la vergüenza diplomática
El 14 de noviembre de 1975, tan solo ocho días después del inicio de la Marcha Verde, se firmaron los llamados Acuerdos Tripartitos de Madrid entre España, Marruecos y Mauritania. Un pacto ignominioso, sin valor jurídico internacional, por el cual España “entregaba” la administración del Sáhara a cambio de promesas vacías y de un futuro incierto.
La ONU jamás reconoció aquellos acuerdos.
El Derecho internacional los considera nulos.
Pero el daño estaba hecho.







