La lluvia de finales de octubre tiene la mala costumbre de dejarlo todo en evidencia. Gotea por las cornisas de Madrid como si quisiera limpiar la vergüenza de los tejados. En el edificio del Senado, el mármol huele a miedo, y el eco de los zapatos resuena como si cada paso pudiera romper la cuerda floja de un Gobierno.
Yo había llegado temprano, con la gabardina pegada al cuerpo y la libreta en el bolsillo interior, donde guardo mis últimas certezas. A esas horas, los asesores cruzaban los pasillos con auriculares en las orejas y cafés de máquina. Mil consultores para maquillar un cadáver que aún respira.
Pedro Sánchez entró por la puerta principal con la serenidad de un actor que conoce su marca en el suelo. Su sonrisa, de laboratorio. Sus manos, de mimo entrenado. Y en el rostro, las famosas gafas Dior que ya habían ganado más titulares que cualquier pregunta.
Lo observé desde el palco de prensa. Tenía la piel tensa y los ojos algo hundidos. El tipo que nunca necesitó ayuda para mirarse al espejo.
—Son de lectura —dijo un ayudante a mi lado—.
Pero el presidente no leía. Fingía hacerlo, y cuando creía que nadie lo miraba, se quitaba las gafas y sonreía, como quien deja caer una máscara transparente.
Delante de él, los senadores del PP y de Vox se removían en sus sillas. Uno de Vox, nervioso, golpeaba el bolígrafo contra la mesa como si fuera un martillo. El del PP, con gesto de contable cansado, se inclinaba hacia el micrófono sin saber muy bien si preguntar o confesar.
—¿Conocía usted las actividades de su entorno? —preguntó el del PP.
—Que yo sepa, no —respondió Sánchez con voz mansa.
—¿Ni del señor Ábalos?
—Que yo sepa, tampoco.
—¿Ni del señor Koldo García Izaguirre?
—No me consta.
La misma frase, el mismo tono. Una letanía. Cada “no me consta” sonaba como el clic de una pistola descargada.








