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Fernando Arrabal: la memoria que no se rinde

Fernando Arrabal: la memoria que no se rinde
Ilustración de José Rivela
porEDATV
opinion

Por José Rivela, el cronista apartado

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Hay biografías que se escriben con fechas.
Y otras —las verdaderas— que se escriben con ausencias.
Fernando Arrabal pertenece a esta segunda estirpe. Antes de ser dramaturgo, cineasta, poeta o agitador pánico, fue un niño que miró el mar desde Melilla mientras su mundo se deshacía en silencio. Su padre, militar republicano, fue detenido, trasladado, borrado. Nunca hubo cuerpo. Nunca hubo tumba. Solo un hueco que el tiempo no ha conseguido cerrar.
En medio de ese derrumbe, una figura permaneció en pie: su madre. Educada, católica, humilde, firme. No heroica en el sentido épico, sino en el único que importa: el de la dignidad cotidiana. Ella sostuvo la vida cuando todo alrededor parecía diseñado para quebrarla. Y ese gesto —silencioso, obstinado— se convirtió en la verdadera columna vertebral de la obra futura.
La ilustración que acompaña este texto no necesita explicación. El padre ausente, la madre velada, el niño que observa, el anciano que recuerda. Melilla y Burgos. El mar y la cárcel. El origen y la herida. Todo está ahí. Como si la vida de Arrabal hubiera sido, desde el principio, un largo diálogo entre la memoria y la lucidez.
Nada en su obra se entiende sin ese comienzo. Ni el teatro que desobedeció al siglo, ni el cine que incomodó a los bienpensantes, ni el Movimiento Pánico que convirtió la risa en un acto de resistencia. Arrabal no escribió contra nadie: escribió para no desaparecer.
Hoy, con más de noventa años, sigue creando con la misma intensidad. No como quien mira atrás, sino como quien sabe que recordar también es una forma de combatir. En un tiempo que confunde memoria con nostalgia y silencio con prudencia, Arrabal sigue recordándonos algo incómodo y necesario: que hay heridas que no se cierran, pero sí se transforman en obra.
Y que, a veces, la mayor forma de rebeldía consiste simplemente en no olvidar.


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