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FERNANDO ARRABAL O EL APRENDIZAJE DEL SILENCIO

FERNANDO ARRABAL O EL APRENDIZAJE DEL SILENCIO
Ilustración de José Rivela
porEDATV
opinion

Por José Rivela, el cronista apartado


Hay infancias que no se recuerdan: se padecen.

Y hay silencios que no son ausencia, sino estructura.

Fernando Arrabal no aprendió pronto a hablar: aprendió a callar de una determinada manera. En Melilla —ciudad de frontera, cuartel y vigilancia— el silencio no era vacío. Estaba lleno de jerarquías, de miedos precisos, de palabras que no debían pronunciarse y de otras que solo podían insinuarse. El niño entendió antes de saber leer que el lenguaje no es un refugio, sino un campo minado.

El padre, militar republicano, detenido y desaparecido, no fue una ausencia pasiva. Fue una presencia negativa: una fuerza que organizaba la vida sin manifestarse. Su nombre no se decía sin consecuencias. Su falta imponía reglas. El hogar no se construyó sobre la memoria, sino sobre la cautela.

Y ahí aparece la madre.

La madre no es en Arrabal un personaje sentimental. Es una figura moral. Vigila no por dureza, sino por supervivencia. Vigila al niño, vigila las palabras, vigila la memoria. Sabe —porque lo sabe toda mujer en una ciudad militarizada— que recordar mal puede ser peligroso, y preguntar de más, también.

Esa vigilancia no mutila: forma.

No educa en la obediencia, sino en la lectura de la obediencia.

No enseña a negar la verdad, sino a transformarla.

Cuando la verdad no puede decirse, debe mutar. Convertirse en gesto, en juego, en escena.

Por eso en Melilla el juego nunca es del todo juego. Tiene reglas invisibles. Límites móviles. Castigos que no siempre se anuncian. El niño aprende que el poder no siempre grita: a veces susurra. Y que la violencia más eficaz es la que no deja marcas visibles.

De esa experiencia nace algo decisivo: una mirada oblicua. Arrabal no desafía frontalmente. Rodea. Observa. Espera. Aprende que la astucia puede ser una forma de inocencia tardía. Que el humor —esa risa peligrosa— no es burla, sino supervivencia.

Mucho antes de ser escritura, aparece el teatro.

La escena permite colocar a cada figura en su sitio:

al poder, en el centro;

al miedo, en los márgenes;

y a la risa —esa grieta mínima— como única salida posible.

Nada de esto se piensa todavía. Se fija.

No es literatura. Es método.

Décadas después, ya anciano, Arrabal escribiría una obra dedicada a su madre. No como ajuste de cuentas, sino como reconocimiento tardío. Yo la vi con él en el Teatro del Museo Reina Sofía. No era una obra sobre el pasado: era una devolución. El hijo, por fin, entendiendo que aquella mujer que vigilaba no lo estaba encerrando, sino salvando.

Porque hay madres que no consuelan: sostienen.

Y hay infancias que no producen nostalgia, sino lucidez.

Arrabal pertenece a esa estirpe rara de creadores que no buscan consuelo en el arte. Buscan estructura frente al orden impuesto. Por eso su teatro no oculta la verdad: la protege. La rodea. La exagera. La vuelve visible sin delatarla.

Todo empezó ahí.

En una ciudad donde la historia no pasaba: se imponía.

En una casa donde el silencio tenía reglas.

Y bajo la mirada firme de una madre que enseñó a su hijo algo decisivo:

que el mundo puede soportarse mejor

cuando se convierte en escena.
 

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