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Pedro Sánchez y Felipe VI
OPINIÓN

Cuarenta años después: la gran estafa europea

La opinión de Javier García Isac de hoy, martes 10 de febrero de 2026

Se cumplen cuatro décadas del ingreso de España en la Comunidad Económica Europea y conviene decirlo sin ambages, sin complejos y sin el edulcorante propagandístico que tanto gusta a los burócratas de Bruselas y a sus voceros internos: aquel ingreso no fue una historia de modernidad y prosperidad compartida, sino el inicio de una claudicación planificada, una pérdida progresiva de soberanía y un empobrecimiento estratégico que hoy pagamos a precio de oro.

Nos vendieron Europa como la panacea. Felipe González y su entorno hicieron de la adhesión un dogma, un camino sin retorno, una supuesta vacuna contra nuestros males históricos. Pero lo que no contaron —o lo ocultaron deliberadamente— fue el precio real de aquel “club”.

El desmantelamiento del campo y la ganadería

España entró en Europa desarmada. No se defendió su agricultura, ni su ganadería, ni su pesca. Se aceptaron cuotas humillantes, se arrancaron viñedos, se sacrificaron reses, se destruyeron explotaciones familiares enteras para no “competir” con Francia o Alemania. El campo español, motor económico y vertebrador del territorio durante siglos, fue tratado como moneda de cambio para una foto y un relato.

Hoy vemos el resultado: agricultores arruinados, ganaderos asfixiados, pueblos vacíos y una dependencia alimentaria que compromete la seguridad nacional. Todo en nombre de una Europa que jamás quiso una España fuerte, productiva y soberana.

Soberanía energética: de potencia a mendigo

España también renunció a su soberanía energética. Se cerraron minas, se demonizó el carbón, se frenó el desarrollo industrial y se nos empujó a una dependencia exterior suicida. Hoy importamos energía cara, contaminante y políticamente condicionada, mientras Bruselas dicta dogmas climáticos que empobrecen a las familias y destruyen tejido productivo.

No fue progreso. Fue colonización económica.

Los fondos europeos y el mito del AVE

Otro gran engaño: los fondos europeos. Se nos prometió desarrollo, reindustrialización, convergencia real. ¿Qué obtuvimos? Infraestructuras sobredimensionadas, AVE carísimo, multiplicado de precio, muchas veces sin rentabilidad social, mientras desaparecía la industria nacional.

Europa no financió nuestro futuro: financió nuestra dependencia.

Gibraltar: la humillación permanente

Entramos en la CEE sin resolver Gibraltar. Peor aún: con el tiempo supimos que Juan Carlos I transmitió al Reino Unido que España no reclamaría la devolución del Peñón. Una cesión intolerable, una traición silenciosa a la soberanía nacional. Gibraltar sigue ahí como símbolo de nuestra sumisión exterior, mientras Bruselas mira hacia otro lado.

El euro: la mayor estafa monetaria

Y llegó el euro. En veinticuatro horas, lo que valía cien pesetas pasó a costar ciento sesenta y seis. Nadie defendió al consumidor, nadie protegió el ahorro, nadie explicó el expolio. La moneda única fue una transferencia masiva de riqueza desde el sur al norte de Europa. Perdimos la política monetaria, la capacidad de reacción y el control económico. Todo, otra vez, en nombre del “proyecto europeo”.

De la Comunidad Económica a la dictadura burocrática

La transformación de la CEE en la actual estructura que gobierna desde Bruselas supuso el golpe definitivo. Hoy nos dicen qué comer, qué beber, cómo movernos, qué coche conducir, cómo calentar nuestras casas y qué pensar. La soberanía política ya no reside en el pueblo español, sino en despachos opacos gobernados por comisarios no elegidos.

Esto no es cooperación. Es ingeniería social.

El bochornoso papel del Rey y el blanqueamiento del sanchismo

Como colofón, el reciente discurso del Rey en Bruselas para conmemorar el aniversario fue un ejercicio lamentable de blanqueamiento institucional del Gobierno más corrupto de nuestra historia: el de Pedro Sánchez. En lugar de defender a España, se defendió al régimen. En lugar de denunciar el empobrecimiento, se aplaudió el sometimiento.

Una vez más, la Jefatura del Estado se puso al servicio del relato oficial y no de la nación.

Cuarenta años después, el balance es devastador. España no es más fuerte, ni más rica, ni más soberana. Es más dependiente, más pobre y más tutelada. Europa no nos salvó; nos desarmó. Y lo hizo con el aplauso entusiasta de unas élites políticas que jamás tuvieron el valor —ni la intención— de defender los intereses nacionales.

Europa, tal y como está concebida hoy, no es el problema. El problema es haber renunciado a ser España para convertirnos en una colonia administrativa. Y mientras no recuperemos la soberanía, seguiremos celebrando aniversarios de derrotas que nos vendieron como victorias.

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