Lo diga el Rey, lo diga Zapatero, lo diga Pedro Sánchez, o la corte de bufones políticos y mediáticos que rodean a la casa real o al PSOE. El resultado es el mismo: blanqueo del régimen chavista y desprecio absoluto por la dignidad de los españoles perseguidos.
Un discurso sincronizado con el sanchismo
El último discurso del Felipe VI no puede entenderse de forma aislada. Forma parte de una deriva continuada de la Casa Real: el mensaje de Navidad vacío, la Pascua Militar convertida en una oda al globalismo, y ahora este lenguaje calculadamente tibio que coincide palabra por palabra con el relato del Gobierno.
No es casualidad. Cuando Moncloa habla de “retenidos”, Zarzuela asiente. Cuando Sánchez evita calificar a Maduro como dictador, el Rey guarda silencio. Cuando el socialismo español se arrodilla ante el narcoestado venezolano, la Corona mira hacia otro lado.
¿Neutralidad institucional? No. Complicidad por omisión.
Venezuela: la gran ausencia del Rey
Desde su proclamación, el Rey nunca ha condenado de forma clara y contundente la dictadura chavista.
Nunca ha exigido el respeto a los derechos humanos.
Nunca ha reclamado la liberación de los presos políticos.
Nunca ha interpelado a los cómplices españoles del chavismo, incluidos los del Grupo de Puebla.
Ni una palabra contra José Luis Rodríguez Zapatero, el lobbista oficioso del régimen venezolano. Ni una exigencia pública para que interceda por los españoles torturados en cárceles chavistas. Silencio. Cobardía. Cálculo.
Y, sin embargo, ahora el Rey se pone —como bien señaló Marcos de Quinto— “muy campanudo” invocando el “derecho internacional” para criticar a quien sí ha actuado.
Trump liberó a los españoles. No Zapatero. No Sánchez. No el Rey.
Conviene dejarlo claro para la historia:
quien liberó a esos españoles fue Donald Trump, no Zapatero, no Sánchez, no la diplomacia española y, desde luego, no la Corona.
Si Zapatero hubiera querido hacerlo, podría haberlo hecho hace años. Tiene acceso directo al régimen, comparte mesa, intereses y negocios. No lo hizo porque nunca fue su prioridad. Y el Rey, lejos de señalarlo, calló.
Peor aún: en lugar de agradecer a Donald Trump, Felipe VI opta por alinearse con el discurso globalista, marcando distancias con quien ha sido eficaz y dócil con quienes no han hecho absolutamente nada.
La fantasía de la Casa Blanca