Si 2025 fue utilizado por el PSOE como el año de Franco, al cumplirse cincuenta años de su muerte, 2026 debería ser —por honestidad histórica— el año en que se recuerde la responsabilidad criminal del Partido Socialista en los sucesos que llevaron a España al colapso en 1936. Porque hace 90 años, el partido hegemónico de la izquierda española no fue un actor pasivo ni una víctima inocente: fue uno de los principales aceleradores del terror, la violencia y el clima revolucionario que condujo a la Guerra Civil.
El PSOE: de partido político a agente revolucionario
Conviene recordarlo sin ambages: el Partido Socialista Obrero Español no era en 1936 un partido socialdemócrata al estilo europeo actual. En verdad nunca lo fue. Era un partido abiertamente revolucionario, con dirigentes que hablaban sin tapujos de dictadura del proletariado y de la necesidad de imponer el socialismo por la fuerza, si las urnas no servían.
La izquierda no llegó al Frente Popular para gobernar; llegó para cambiar el régimen. Y el PSOE fue la columna vertebral de ese proyecto. Controlaba sindicatos, milicias, calles y discursos. La legalidad republicana era para ellos un instrumento transitorio, no un fin.
El Frente Popular: la coartada de la violencia
El Frente Popular no fue una alianza electoral normal. Fue una coalición de revancha, articulada alrededor del odio, la depuración y la amenaza. Desde febrero de 1936, España se sumergió en una espiral de incendios de iglesias, asaltos a sedes políticas, asesinatos selectivos, huelgas violentas y represión ideológica.
Nada fue espontáneo. Todo estaba amparado o justificado desde el poder político y sindical dominado por los socialistas. El mensaje era claro: o con ellos o contra ellos. Y quien estaba en contra era señalado, perseguido o eliminado.
El terror rojo antes del 18 de julio
La narrativa oficial ha querido fijar el inicio del terror en el 18 de julio de 1936. Es falso. El terror rojo comenzó antes, con el PSOE como protagonista central. El clima de violencia no fue una consecuencia inevitable del conflicto: fue su causa directa.
El asesinato de adversarios políticos, la impunidad de las milicias, la quema sistemática de símbolos religiosos y la destrucción del orden público no fueron excesos aislados, sino parte de una estrategia. España no cayó en el abismo por accidente: fue empujada.







