
EDATV y el Quijote (Diálogo apócrifo entre Don Quijote de la Mancha, su autor y cuatro periodistas de ahora)
Por José Rivela, el cronista apartado
Prólogo necesario (para lectores con polvo en los ojos)
No es casual —ni capricho— volver a los capítulos I y II del Quijote. Ahí nace todo: el hambre, la lectura febril, la conciencia de injusticia, la decisión de salir al mundo sin permiso. Cervantes sabía que escribir era exponerse; y don Quijote, que actuar era perder la comodidad para ganar sentido. Cambian los siglos; no cambia el nudo. Seguimos esclavizados por sistemas que se llaman de mil maneras. Y, como entonces, la batalla cultural no la dan los prudentes: la dan quienes se juegan el tipo.
Capítulo apócrifo I
En que el autor conversa con su criatura y llegan cuatro hombres con micrófonos
—Decidme, señor —preguntó don Quijote, limpiando una visera de cartón—, ¿por qué tiemblan hoy las ventas y no los castillos?
—Porque ahora —respondió Miguel de Cervantes, con ironía de cautivo— los castillos aprendieron a llamarse “consenso”, y las ventas, “plató”.
En esto, entraron cuatro. No traían lanzas, sino micrófonos. No montaban rocines, sino cámaras.
—¿Quiénes sois? —dijo don Quijote, enderezando la lanza.
—Periodistas —contestó el primero—. Y venimos de dar guerra.
Cervantes sonrió:
—En mi tiempo también se llamaba guerra a decir lo que no convenía.
—Yo soy Javier Negre —dijo el que iba delante—. Fundamos trincheras donde otros ponen alfombras.
—Vito Quiles —añadió otro—. Pregunto cuando piden silencio.
—Javier García Isac —dijo el tercero—. Llamo a las cosas por su nombre, aunque muerda.
—Tate Barceló —cerró el cuarto—. Me planto donde dicen “no pasar”.
Don Quijote los midió:
—No os veo escudos.
—Nos los rompen a diario —respondió Negre—. Por eso seguimos.
Capítulo apócrifo II
De cómo se decide una salida al mundo y se nombra la empresa
—Leí demasiados libros —confesó don Quijote— y perdí el juicio.
—Vivimos rodeados de relatos —replicó Vito— y nos quieren quitar la realidad.
—En mi siglo —dijo Cervantes— me llamaron soldado, manco y preso; en el vuestro, ¿cómo os llaman?
—Extremistas —respondieron a coro—. Por no arrodillarnos.
—Pues salid —ordenó don Quijote—. Que la tardanza es el mayor agravio.
—Salimos —dijo García Isac— sin ser armados caballeros, como vos.
—Y con armas blancas —añadió Tate—: la palabra y el dato.
Cervantes asentó:
—No hay empresa más peligrosa que contar la verdad cuando estorba.
Capítulo apócrifo III
De molinos, ventas y nuevas hechicerías
—Mirad —señaló don Quijote—, gigantes.
—Molinos —corrigió Cervantes—.
—Algoritmos —dijeron los periodistas.
Rieron los cinco.
—No importa el nombre —sentenció don Quijote—. Si oprime, se embiste.
En la venta —que ahora era plató— el ventero ofreció bacalao frío y aplausos de alquiler.
—No —dijo Negre—. Preferimos hambre con verdad a banquete con mentira.
—Bien hablado —aprobó Cervantes—. Yo también cené promesas.
Capítulo apócrifo IV
De Dulcineas y repúblicas
—¿Y vuestra dama? —preguntó don Quijote.
—La libertad —respondieron—. Y la república entendida como cosa común, no botín.
—Entonces —dijo el caballero—, tenéis alma.
Cervantes cerró el libro invisible:
—El mundo necesita nuevos Quijotes. No para confundir molinos con gigantes, sino para recordar que hay gigantes cuando todos juran que no.
Colofón (para hoy)
Cervantes fue esclavo de su tiempo y escribió para romper la jaula. Don Quijote salió sin permiso a enderezar tuertos. Hoy, la batalla cultural se libra con cámaras y palabras, y la dan quienes no piden perdón por preguntar.
Cambian los nombres; no cambia el riesgo.
Y mientras haya ventas que se llamen castillos, harán falta periodistas de raza que salgan al campo antes del alba.
Continuará… con los capítulos que vengan. Porque el tiempo pasa, pero la necesidad del Quijote —y del coraje— no.
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