España se está convirtiendo en un inmenso patio de asoleamiento de ovejas. La realidad biológica y la aritmética básica han sido proscritas por decreto ley. Observar las redes sociales estos días es asomarse a un manicomio donde los internos, esos borreguillos progres que parecen haber nacido con las orejas pegadas para que no les entre un solo mensaje de cordura, aplauden con ilusión (y no digo fervor porque la mayoría también son ateos). Son seres que no se pasan un bastoncillo desde hace décadas, lo que explica que el hedor ideológico sea lo único que desprenden. Y que tienen la mente irreversiblemente afectada por los porros y una clara falta de entrenamiento neuronal.
Intentar razonar con esta masa es, literalmente, como intentar explicarle ecuaciones de segundo grado a una paloma: te miran con la cabeza ladeándola de un lado al otro, parece incluso que entienden algo entre la neblina de su ignorancia, y acto seguido se dan la vuelta para dejarte una cagada cerca como muestra de agradecimiento. Es el triunfo de una generación de votantes de izquierda, cuya gran mayoría no tiene ni el graduado escolar pero que se siente legitimada para darnos lecciones de moral a los que llaman "fachas".
El síntoma más grotesco de esta patología social lo hemos visto esta semana en Barcelona, con el caso del "chico trans" G.G. que pretende denunciar por transfobia a otro que le ha rechazado al enterarse de que, en efecto, no es una mujer. Estamos ante la tiranía del narcisismo elevado a categoría jurídica. Este señor tiene la idea arraigada de que es una mujer y por extensión, pretende que el resto del planeta se lobotomice para convivir en su mentira.
Pero la realidad es un muro y pesa bastante Señor mío. tras peregrinar por asociaciones bañadas con subvenciones de dinero público y despachos de abogados que viven del conflicto identitario, la verdad sigue ahí: por mucho que le joda, por mucho que grite y por mucho que el BOE intente reescribir la naturaleza, si tiene un problema ahí abajo, debe ir al urólogo. No existe ley, por muy "chulísima" que sea, capaz de convertir una próstata en un ovario. Es la derrota final del relato frente al bisturí y la ciencia, esa que estos analfabetos funcionales desprecian mientras disfrutan de sus beneficios.
Para mantener a esta horda de palomas contentas, el Gobierno de su cadavérico y harinado líder que se sigue creyendo Adonis Presidencial, acaba de aprobar una nueva subida del Salario Mínimo Interprofesional. Y ahí los tienes, dando palmas, convencidos de que son más ricos porque el número en su nómina ha crecido un poco, sin entender que ese dinero ya se lo ha cobrado el Estado por triplicado antes de que llegue al cajero.
Partamos de una base sociológica clara: el grueso de los votantes de este socialismo de garrafón cobra el SMI o el Ingreso Mínimo Vital. No dan para más. Son personas que creen firmemente que el mundo les debe algo y que el dinero es un recurso infinito que brota de la Moncloa. Pero estos son los datos con la objetividad que les falta a ellos. Desde que el PSOE gobierna, el SMI ha subido nominalmente un 60%, pero ¿se vive mejor ahora que hace diez años? La respuesta es un "no" rotundo que cualquier adulto con dos dedos de frente y capacidad para restar puede verificar.
En 2016, con un salario mínimo sustancialmente menor, el poder adquisitivo del español medio era, paradójicamente, muy superior.
Hace una década, un joven podía plantearse la emancipación. Hoy, el precio del alquiler y de la compra ha subido a un ritmo que triplica cualquier incremento salarial. El SMI actual no da ni para el subarriendo de una habitación en las grandes ciudades, esas mismas que los progres gestionan convirtiéndolas en estercoleros de inseguridad.







