En tiempos normales, la moción de censura sería un recurso excepcional. Pero en una España asfixiada por la corrupción institucionalizada del sanchismo, en una nación donde el poder ejecutivo utiliza sin pudor los resortes del Estado para blindarse judicial y mediáticamente, la moción de censura se convierte en una necesidad moral, en un grito de dignidad, en una bandera de resistencia frente a la tiranía que se va imponiendo a golpe de decreto, propaganda y mentira.
El Partido Popular, esa fuerza que aspira a ser alternativa de Gobierno, ha convocado a sus votantes a salir a la calle este domingo 8 de junio, no para defender la nación, no para exigir responsabilidades al presidente más tóxico y corrupto que ha tenido nuestra democracia, sino para “tomar el aperitivo y el vermut” en un nuevo intento de movilización descafeinada. Como si la situación de España permitiera frivolidades. Como si el país no se encontrara al borde del colapso institucional y moral.
Mientras tanto, cuando se les interpela sobre la necesidad de presentar una moción de censura contra Pedro Sánchez, la respuesta del Partido Popular es que “los números no dan”. Pero es que no se trata de números, se trata de principios. No se trata de que salga adelante, sino de que se presente con firmeza, con convicción, para que los españoles sepan que aún hay quien planta cara al totalitarismo disfrazado de democracia. Se trata de que no se tape ni se entierre la corrupción. Se trata de que el Congreso vuelva a hablar de lo que el sanchismo quiere silenciar.
Pedro Sánchez está acorralado por una red de escándalos que salpican a su entorno personal, a su mujer, a su hermano, a su partido y a sus ministros. Las investigaciones sobre Begoña Gómez, el escándalo del hermano del presidente, el caso Koldo, las tramas vinculadas a Víctor de Aldama, los bulos lanzados desde La Moncloa contra la Guardia Civil, las campañas de desprestigio contra jueces y fiscales, las reuniones oscuras con dictaduras extranjeras, y la colonización descarada de las instituciones del Estado deberían ser motivos más que suficientes para que la oposición actuara con contundencia.
Y, sin embargo, el Partido Popular opta por el cálculo electoral, por la estrategia del silencio y por evitar cualquier movimiento que pueda “mover el tablero” antes de tiempo. Mientras Vox ha demostrado tener la valentía de presentar dos mociones de censura —una de ellas que costó el liderazgo a Pablo Casado, atrapado entre su complejo y su miedo a parecerse demasiado a los que sí dan la batalla—, el PP se limita a observar desde la barrera, aplaudiendo tímidamente al sistema que dice querer cambiar.







