Hay encuentros que no deberían existir, y sin embargo ocurren.
Este sucedió en Telluride, Colorado, el festival de cine más antiguo del planeta, a semejanza de un templo oculto en las montañas donde el séptimo arte respira sin alfombras ni alfileres.
Yo caminaba con Fernando Arrabal, que avanzaba con su paso de profeta jubiloso, cuando un hombre se detuvo a nuestro lado y extendió la mano.
Era George Lucas.
Sí, ese George Lucas: el de American Graffiti, Star Wars, el creador de un imaginario que ha moldeado la segunda mitad del siglo XX.
Y allí estaba, en medio del silencio seco de Colorado, hablando con Arrabal como quien se reencuentra con un hermano de otro universo.
Lucas no saludó: homenajeó.
No preguntó: recordó.
No aduló: agradeció.
—“Viva la muerte! fue una película que me marcó” —le dijo con una seriedad inesperada.
Arrabal sonrió como sonríen los que ya están acostumbrados a lo imposible.
Yo, mientras tanto, era el testigo accidental —o el cronista apartado— de un diálogo que parecía escrito por la propia historia del cine.
Durante unos minutos que no fueron minutos, Lucas recordó escenas, colores, decisiones de cámara, la primera vez que vio el filme en una copia casi clandestina.
Arrabal asentía como quien escucha que ha vivido en varios cuerpos a la vez.
Aquello no era un encuentro:
era un alineamiento.







