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Tres hombres posan sonrientes frente a una calle al aire libre con un gran cartel azul del Festival de Cine de Telluride y montañas verdes al fondo
OPINIÓN

El día en que George Lucas se detuvo ante Fernando Arrabal

Por José Rivela Rivela, el cronista apartado

Hay encuentros que no deberían existir, y sin embargo ocurren.

Este sucedió en Telluride, Colorado, el festival de cine más antiguo del planeta, a semejanza de un templo oculto en las montañas donde el séptimo arte  respira sin alfombras ni alfileres.

Yo caminaba con Fernando Arrabal, que avanzaba con su paso de profeta jubiloso, cuando un hombre se detuvo a nuestro lado y extendió la mano.

Era George Lucas.

Sí, ese George Lucas: el de American Graffiti, Star Wars, el creador de un imaginario que ha moldeado la segunda mitad del siglo XX.

Y allí estaba, en medio del silencio seco de Colorado, hablando con Arrabal como quien se reencuentra con un hermano de otro universo.

Lucas no saludó: homenajeó.

No preguntó: recordó.

No aduló: agradeció.

—“Viva la muerte! fue una película que me marcó” —le dijo con una seriedad inesperada.

Arrabal sonrió como sonríen los que ya están acostumbrados a lo imposible.

Yo, mientras tanto, era el testigo accidental —o el cronista apartado— de un diálogo que parecía escrito por la propia historia del cine.

Durante unos minutos que no fueron minutos, Lucas recordó escenas, colores, decisiones de cámara, la primera vez que vio el filme en una copia casi clandestina.

Arrabal asentía como quien escucha que ha vivido en varios cuerpos a la vez.

Aquello no era un encuentro:

era un alineamiento.

Un mito norteamericano reconociendo a un mito europeo.

Un creador de galaxias conversando con un creador de mundos delirantes y profundamente humanos.

Un narrador del futuro hablando con un sobreviviente del siglo XX que siempre escribió desde el borde, desde lo incomodante, desde lo que aún no tiene nombre.

Yo pensé:

En el corazón del Imperio, Arrabal sigue siendo un planeta propio.

Telluride terminó, pero esa escena se me quedó clavada como un fotograma que no quiere salir del carrete.

Porque quien ha visto a George Lucas detener su paso para saludar a Arrabal descubre dos cosas:

1. Que Arrabal es más grande de lo que España (y a veces Europa) recuerda.

2. Que su obra —teatro, cine, literatura— sigue provocando conmoción silenciosa en quienes han movido las imágenes del mundo.

Este artículo es apenas un fragmento de una biografía en proceso:

la vida de Fernando Arrabal en mil y una páginas, una travesía que estoy escribiendo desde la cercanía, la memoria y el viaje compartido.

Pero había que empezar por algún sitio.

Y qué mejor comienzo que este instante improbable:

cuando George Lucas se detuvo en Telluride para saludar a un hombre que nunca dejó de desafiar la ley de la gravedad del arte.

Porque Arrabal no es sólo un escritor:

es una fuerza.

Y las fuerzas, a veces, se reconocen entre sí.

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