La puesta en libertad de Dani Alves ha dejado al descubierto, una vez más, la podredumbre moral y jurídica en la que vivimos. Un hombre inocente —porque mientras no exista sentencia firme y definitiva, la inocencia debe presumirse— ha pasado casi dos años en la cárcel, privado de libertad, linchado mediáticamente y destruido social y profesionalmente. No por las pruebas, no por los hechos, sino porque había que sacrificar a alguien en nombre de la nueva religión feminista radical, esa que ha convertido a todos los hombres en culpables por sistema.
Dani Alves no es solo un deportista que ha visto arruinada su vida. Es el ejemplo más gráfico de hasta dónde puede llegar este Estado totalitario construido por la izquierda, por las mamarrachas de ministerio, por las Juana Belarra, Irene Montero y demás feministas subvencionadas, cuya única misión es criminalizar al hombre por el simple hecho de serlo.
No les importa la verdad, ni la justicia, ni el debido proceso. Les importa la agenda ideológica. Y cuando hace falta un chivo expiatorio para seguir alimentando la maquinaria feminista, poco importa si hay pruebas, si los hechos son claros, o si el relato se sostiene. Lo esencial es sostener el discurso de que el hombre, por naturaleza, es un depredador, un abusador, un agresor. Por eso, cuando una mujer señala con el dedo, el sistema actúa como un tribunal revolucionario: presunción de culpabilidad, prisión preventiva, linchamiento mediático, condena pública.
¿Quién va a resarcir ahora a Dani Alves? ¿Quién le devolverá los meses de prisión? ¿Quién le devolverá su carrera, su imagen, su vida? Nadie. Porque para estas fanáticas del Ministerio de Igualdad, él ya estaba condenado desde el primer minuto. Para ellas, no hacía falta juicio. La sentencia estaba escrita antes de escuchar a las partes. Y así está pasando con miles de hombres, anónimos y sin recursos, que no tienen la visibilidad de un futbolista y que sufren cada día las consecuencias de esta inquisición moderna, donde basta con una denuncia para acabar con tu vida.
Lo más grave no es solo lo que le ha sucedido a Dani Alves. Lo verdaderamente preocupante es que esto le puede pasar a cualquiera. Que vivimos en un país donde leyes diseñadas por analfabetas jurídicas, por fanáticas desquiciadas y resentidas con sus relaciones personales, han sustituido el principio de inocencia por la presunción de culpabilidad.







